Los Mejores Poemas
JoseMaría Alfaro Cooper
1926
Ante mi retrato
¿Cómo? Este anciano de rugosa frente,
Que tiene todos los cabellos blancos,
Este anciano soy yo, que siento el alma
De amor y de ilusiones desbordando?
Pero si yo no soy, esa es la jaula
De herrumbrados alambre y yo el pájaro
Que en ella vive prisionero y triste,
Que codicia el azul, ama el espacio
Y con la asfixia atroz de la materia
Plego sus alas y apagó su canto!
Anciano yo que siento los ardores
De gratas juventud enamorado
Del más bello ideal que en sus delirios
Concebir pudo el pensamiento humano
Que goza en contemplar toda belleza:
(como gozaba en mis mejores años)
Grandioso mar, estrellas pensativas,
Gentiles damas, lirios perfumados;
Graciosos, puros, celestiales niños,
Delicias del hogar que amamos tanto!
El hombre es tan feliz cuando disfruta
Del dulce beso de infantiles labios!
Que sería la tierra sin la aurora
De la gracia infantil, noches sin astros!
Yo soy una lira que responde
Al más leve rumor, eco lejano,
Que no siento ambiciones y que llevo
Dentro del corazón un incensario
Para quemar en él como una ofrenda,
Al buen Jesús la mirra de mis cantos;
Que amo a Dios, es decir al Amor mismo,
Al hombre que es un ángel desterrado,
A las humildes bestias que son buenas,
Cuando reciben cariñoso alago;
En los cielos , al sol padre del mundo
Y en los oscuros bosques a los cardos!
Que detesto los odios y venganzas,
Insolencias de grandes y nefandos
Medios de exterminar a las naciones
Cual si todos no fueramos hermanos!
O, ilusiones quizás de mi ventura,
Yo me siento más joven, como el árbol
viejo que tiende sus frondosas ramas
Llenas de nidos y de arrullos blandos!
Viviendo como vivo entre dos cielos:
El de arriba y mi hogar, ser un anciano!
Alfonso Zeledón Venegas
MI MEJOR AMIGO
Solo una amigo tengo yo en la vida,
uno sólo, que es fiel eternamente:
en su serena y espaciosa frente
la palabra “lealtad” está esculpida.
Recio peñón es su cabeza erguida
que los turbiones de la insanía siente
estrellarse en su mole, indiferente,
como si no advirtiera su embestida.
Su escudo es el Honor; la fe su espada;
de su valor he sido yo testigo;
nada lo arredra ni lo aflige nada.
Su pensamiento siempre está conmigo
y a su nombre mi vida está amparada,
El es mi padre mi mejor amigo!
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Max Jiménez
En las aguas de los rios
Yo me iré
pero vendrás conmigo,
porque no han de borrarse
Las marcas de mis huellas;
porque te has visto en mis ojos
con el suave sentimiento
de una eterna lejanía…
Yo me iré,
pero vendrás conmigo,
por el eco de palabras
que empañaron tus dos ojos
y que abrieron tus dos labios:
una boca… un infinito…
Yo me iré
pero vendrás conmigo,
por haber sentido juntos
las auroras de la vida…
por haber comido juntos
del festín de la existencia,
por haber llorado juntos
en las aguas de los rios…
Yo me iré
pero vendrás conmigo.
Canción en tiempo
de esperanza
Te estoy poniendo, América,
La mano en esos pechos
De muchacha entregada.
Te estoy acariciando con mano de ternura,
Con pequeña caricia de niño cincoañero.
Te estoy soñando ahora
Como si nunca hubieras sido desnudada,
Como si nunca hubieras aceptado
Monedas por el pan de tus amores.
Sé que no eres pura, intocada, silvestre.
Sé que manos oscuras se han posado en tus muslos
Y en tus hombros.
Sé que has vendido el cuerpo por la luna del dólar.
Sé que de tu inocencia sólo quedan los mapas
Como viejas fotografías dónde ya no te reconoces.
Pero te quiero América,
Y puedo perdonarte.
Sé que bajo tu piel ronca la savia limpia y fuerte.
Que bajo tu carne aúllan los pumas indomables.
Sé que has nacido para
Ser madre,
Esposa,
Abuela de todos los humanos.
Sé que un día cualquiera sacudirás los hombros
Y todas las manos sucias
Rodarán en el barro.
Que marcarás con sangre las monedas
Para que nunca más nadie las toque.
Te tomaré del brazo y te hallaré de pronto
Un rubor virginal en tus mejillas.
Jorge DEBRAVO
“Nosotros los hombres.”
Hombre
Soy hombre, he nacido,
Tengo piel y esperanza.
Yo exijo, por lo tanto,
Que me dejen usarlas.
No soy dios: soy un hombre
(como decir una alga).
Pero exijo calor en mis raíces,
Almuerzo en mis entrañas.
No pido eternidades
Llenas de estrellas blancas.
Pido ternura, cena,
Silencio, pan y casa…
Soy hombre, es decir,
Animal con palabras.
Y exijo, por lo tanto,
Que me dejen usarlas.
Jorge DEBRAVO
“Nosotros los hombres.”
A Jorge Charpantier
En un aniversario más, por Lorena Rodríguez a.
Jorge,
uno más de mis Jorges.
Padre, hermano,
sobrino he tenido con ese nombre,
y esposo.
Mas tuve en mi vida otro,
un maestro
guía infinito
palabra hecha
mascullada
hablada
demolida y construida.
Jorge el de la palabra,
el que la leyó en mí,
interpretándola desde su voz profunda.
Jorge que vio mi camino
donde no había camino,
que supo el eco
antes del eco,
el que se sentó y me dijo.
Un Jorge amigo,
guía.
El de un abuelo, un perro y un arcoiris.
Había en vos significado,
había risa dormida,
noche, amanecer,
vino,
un río de vino tinto.
Te conoci y no te conocí del todo,
como tantos otros.
Estabas hecho de piedra,
de ceniza de cigarrillo,
de misterio.
Solo vos sabías
cuál era tu música verdadera,
solo la madrugada
supo abrigar tu risa,
solo ella
quizá
fue tu mejor amiga.
Poeta de frases cortas,
como dura un suspiro.
Velero de mares profundos,
reloj sin aguja,
Jorge,
el que anda descalzo por mis versos
y los ordena
en un libro que no llega.
Jorge, el de la poesía en la mano,
en la copa,
en la silla,
en la montaña.
Vos sos de los que no hay manera de que se vaya,
aunque siempre tuviste prisa por marcharte.
Te veo y estás sonriendo,
borrando alguno de estos versos
o todos,
porque sobran o faltan,
porque no te dicen por completo
o te dicen mucho,
no sé.
Pueden ser dos, cuatro, seis,
diez años,
no sé,
no llevo la cuenta:
tu foto sigue siendo la misma,
ahí permaneces encerrado y libre.
Tus libros siguen siendo los mismos,
no importa,
son siempre nuevos,
distintos.
No sé.
Podrá no haber oído
para tu lenta pronunciación
mientras te comías,
palabra por palabra,
tus versos.
Podrá no haber aire,
particularmente aire,
para seguir leyendo,
como leías,
tus versos…
pero entonces
¿cómo explicar que te sigo oyendo?
Yo soy ahora la que te habla
y vos me respondés
sin cómo ni dónde.
Ahora no te podés ir
porque te tengo,
ahora, Jorge entre mis Jorges,
te tengo preso en mis palabras,
y tenés que escuchar
cuando te digo
gracias,
gracias por este camino que abriste ante mis ojos
y descubro siempre,
cada día,
porque no está hecho
ni nunca termina.
Frecuentemente me preguntan que cuántos años tengo…
¡Qué importa eso!.
Tengo la edad que quiero y siento.
La edad en que puedo gritar sin miedo lo que pienso.
Hacer lo que deseo, sin miedo al fracaso, o lo desconocido.
Tengo la experiencia de los años vividos y la fuerza de la
convicción de mis deseos.
¡Qué importa cuántos años tengo!.
No quiero pensar en ello.
Unos dicen que ya soy viejo y otros que estoy en el apogeo.
Pero no es la edad que tengo, ni lo que la gente dice, sino lo que mi corazón siente y mi cerebro dicte.
Tengo los años necesarios para gritar lo que pienso, para hacer lo que quiero, para reconocer yerros viejos, rectificar caminos y atesorar éxitos.
Ahora no tienen por qué decir: Eres muy joven, no lo lograrás.
Tengo la edad en que las cosas se miran con más calma, pero con el interés de seguir creciendo.
Tengo los años en que los sueños se empiezan a acariciar con los dedos, y las ilusiones se convierten en esperanza.
Tengo los años en que el amor, a veces es una loca llamarada, ansiosa de consumirse en el fuego de una pasión deseada.
Y otras en un remanso de paz, como el atardecer en la playa.
¿Qué cuántos años tengo? No necesito con un número marcar, pues mis anhelos alcanzados, mis triunfos obtenidos, las lágrimas que por el camino derramé al ver mis ilusiones rotas… valen mucho más que eso.
¡Qué importa si cumplo veinte, cuarenta, o sesenta!.
Lo que importa es la edad que siento.
Tengo los años que necesito para vivir libre y sin miedos.
Para seguir sin temor por el sendero, pues llevo conmigo la experiencia adquirida y la fuerza de mis anhelos.
¿Qué cuantos años tengo? ¡Eso a quién le importa!.
Tengo los años necesarios para perder el miedo y hacer lo que quiero y siento.
José Saramago
Premio Nobel Literatura 1998.
A la poesía, Pablo Neruda
Cerca de cincuenta años
caminando
contigo, Poesía.
Al principio
me enredabas los pies
y caía de bruces
sobre la tierra oscura
o enterraba los ojos
en la charca
para ver las estrellas.
Más tarde te ceñiste
a mí con los dos brazos de la amante
y subiste
en mi sangre
como una enredadera.
Luego
te convertiste
en copa.
Hermoso
fue
ir derramándote sin consumirte,
ir entregando tu agua inagotable,
ir viendo que una gota
caída sobre un corazón quemado
y desde sus cenizas revivía.
Pero no me bastó tampoco.
Tanto anduve contigo
que te perdí el respeto.
Dejé de verte como
náyade vaporosa
te puse a trabajar de lavandera,
a vender pan en las panaderías,
a hilar con las sencillas tejedoras,
a golpear hierros en la metalurgia.
Y seguiste conmigo
andando por el mundo,
pero tú ya no eras
la florida
estatua de mi infancia.
Hablabas
ahora
con voz férrea.
Tus manos
fueron duras como piedras.
Tu corazón
fue un abundante
manantial de campanas,
elaboraste pan a manos llenas,
me ayudaste a no caer de bruces,
me buscaste
compañía,
no una mujer,
no un hombre,
sino miles, millones.
Juntos, Poesía,
fuimos
al combate, a la huelga,
al desfile, a los puertos,
a la mina,
y me reí cuando saliste
con la frente manchada de carbón
o coronada de aserrrín fragante
de los aserraderos.
Y no dormíamos en los caminos.
Nos esperaban grupos
de obreros con camisas
recién lavadas y banderas rojas.
Y tú, Poesía,
antes tan desdichadamente tímida,
a la cabeza
fuiste
y todos
se acostumbraron a tu vestidura
de estrella cotidiana,
porque aunque algún relámpago delató tu familia
cumpliste tu tarea,
tu paso entre los pasos de los hombres.
Yo te pedí que fueras
utilitaria y útil,
como metal o harina,
dispuesta a ser arado,
herramienta,
pan y vino,
dispuesta, Poesía,
a luchar cuerpo a cuerpo
y a caer desangrándote.
Y ahora,
Poesía,
gracias, esposa,
hermana o madre
o novia,
gracias, ola marina,
azahar y bandera,
motor de música,
largo pétalo de oro,
campana submarina,
granero
inextinguible,
gracias,
tierra de cada uno
de mis días,
vapor celeste y sangre
de mis años,
porque me acompañaste
desde la más enrarecida altura
hasta la simple mesa
de los pobres,
porque pusiste en mi alma
sabor ferruginoso
y fuego frío,
porque me levantaste
hasta la altura insigne
de los hombres comunes,
Poesía,
porque contigo
mientras me fui gastando
tú continuaste
desarrollando tu frescura firme,
tu ímpetu cristalino,
como si el tiempo
que poco a poco me convierte en tierra
fuera a dejar corriendo eternamente