La Familia Cedeño Castro IV

Columna
LIBERTARIOS Y LIBERTICIDAS (249)
Por Rogelio Cedeño Castro.
Correspondiente al jueves 26 de agosto de 2010.

FRANCISCO CEDEÑO:LOS AVATARES DE LA MEMORIA(IV).

ooooo

La nostalgia por el Puerto de Puntarenas, esplendoroso y vital con el auge
comercial durante la primera mitad del siglo anterior,  que fue el entorno
donde había nacido y pasado su infancia y su juventud, se constituyó en una
persistente rememoración que fue aumentando con el paso de los años. En la
memoria de Francisco sus intensas vivencias porteñas, a lo largo de las
décadas de los veinte y treinta, afloraron como grandes oleadas sus variados
recuerdos conforme el tiempo fue pasando y se tornaron todavía más intensos,
ya en los últimos años de su vida, cuando arribó a la convicción de que no
volvería a pisar las calles, ya no tan arenosas, de su ciudad natal. Durante
el mes de mayo pasado, cuando le comenté que pasaría unos días con mi esposa
en un Hotel cercano a su amado puerto, pude captar la emoción, en la tono de
su voz, con la que evocaba la primera etapa de su vida que había
transcurrido en aquel Puntarenas, conformado por la presencia de numerosas
familias de inmigrantes, algunas provenientes de Chiriquí y otras de
Nicaragua, en especial de Granada o de los vecinos cantones de la provincia
de Alajuela, particularmente de San Ramón y Palmares, las que le daban un
perfil cultural y étnico bastante singular, muy diferente al de la región o
valle central del país.

ooooo

Francisco insistía en recordar  aquellas épocas, ya un tanto lejanas, en las
que su padre, don Manuel María Cedeño Quintero (1879?-1955), tenía una
jabonería en el puerto y se encargaba de abastecer de ese producto a la
Península de Nicoya y a todo el Guanacaste, a través de los servicios de la
navegación de cabotaje que salía del muellecito, ubicado en las aguas del
estero, cuyas lanchas partían hacia Bebedero y otros pequeños puertos del
Golfo de Nicoya, durante aquellas décadas en que floreció este tipo de
navegación, dentro de la que se llegó a contar con embarcaciones de gran
calado como la motonave Don Fabio, en la que tuve oportunidad de viajar de
Puntarenas a Golfito, a comienzos de 1954 junto mi tío Marcelino, cuando
quien ahora escribe y narra tenía apenas 8 años de edad. Me decía mi tío
que, con el paso del tiempo la competencia de los chinos en ese campo y
otras circunstancias terminaron por arruinar a don Manuel y entonces se
produjo el ocaso, con el que concluyó el ciclo de vida de la familia Cedeño
Castro en aquel arenoso puerto. Su padre y sus hermanos, entre ellos mi
madre, debieron trasladarse a San José, una ciudad que al parecer nunca
terminó por ser de su agrado.

ooooo

A lo largo de los últimos meses, le gustaba  comentar con mi primo Humberto
muchos episodios del Puntarenas de su infancia, entonces sí muy arenoso, con
calles sin asfaltar y hasta insistía en reconocer en algunas fotos de un
álbum de fotos de Gómez Miralles, la calle y el edificio donde se ubicaba la
jabonería que tuvo su padre. Lo cierto es que algunas facturas de la  década
del treinta y el  hecho de que dispusieran un teléfono residencial para el
ejercicio de sus actividades industriales y comerciales, constituye un buen
indicador de la importancia de las actividades que emprendió aquel
inmigrante chiricano, su padre, don Manuel, quien habiendo nacido
colombiano, al parecer había tomado parte en la guerra de los mil días (1899-
1902), dentro de las filas del bando conservador que fue derrotado en el
istmo, a diferencia de lo ocurrido en resto de Colombia, razón por la que
vio obligado a emigrar empleando los azarosos medios de navegación de
aquella época o marchando por los tupidos bosques del área fronteriza hasta
llegar a Puerto Jiménez, puesto que el hoy Puerto de Golfito  estaba muy
lejos de ser habilitado, cosa que sucedió sólo a partir de la aparición
masiva del cultivo del banano en esa región, a partir de los años cuarenta.

ooooo

También contaba Francisco acerca de las fincas que tuvo su padre allá en la
Península de Nicoya, en especial una que estaba ubicada en Cabo Blanco y
otra, en la localidad de Paquera o en la de Lepanto, si mal no recuerdo y de
los largos recorridos en bote, por todo el golfo, que llevaba a cabo con su
hermano Marcelino, unos pocos años mayor que él. Se empeñó en recordar la
abundante pesca, en especial la de mariscos y toda clase de peces, pues en
aquellos tiempos si habían chuchecas de verdad, según afirmaba mi tío, las
que él y Marcelino, en compañía de su tío Adán Castro, cocinaban a la
parrilla y devoraban luego con gran  deleite. Según me ha dicho mi primo
Humberto, Francisco ha querido que una parte de sus cenizas sean finalmente
arrojadas a  las aguas de ese inmenso Océano Pacífico que continuará viendo
el paso de los siglos, en cuyas orillas forjó tantos sueños y esperanzas en
su lejana juventud. Adiós Francisco, siempre estarás en la memoria que
conservo de muchos recuerdos gratos que compartimos.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

  • Lo que leemos

A %d blogueros les gusta esto: