Aprendiendo a leer.

Página de Antaño

 

Espigas y Flores tomo II Macabeo Vargas, Editorial Antonio Lehmann 1959.

 

Mi primera lección de lectura con el silabeo y las maestros doña Panchita y doña Pilarcita Rodríguez.

 

( Donde ahora es el semillero) 1889

 

 

Había pasado el gran terremoto del 88, y junto con él quedaba el recuerdo del primer cometa que dejó sus huellas. Una gruesa pared de adobes en la madrugada derramó sus terrones sobre mis muslos, más no me aplastó.

 

Y como dos años antes, en San Mateo, adonde había ido en carreta, la parca no se alagartó con mi angélica humanidad. Y San José estaba ruinoso: de su dórica arquitectura de la Catedral, cayeron sus torres de ladrillo, se aterró su primer órgano y se ladearon sus tejas rojas. La catástrofe la contempló dolorido el Dr.Bernardo Thiel, quien para su consagración había cambiado de nombre. En la Merced, la iglesia mejor de la cité, el desastre fue parecido y las arcos de piedra de Pavas rompieron sus claves; hubo que abandonarla. Salieron corriendo el padre José Jiménez a quien tantos falsos levantara la gente malediciente, y el sacristán don José María Ramírez. Y en ese templo había sido recogida nada menos que la Negrita en su segundo robo. El año 89 fue famoso para el rodriguismo, primera explosión verídica de nuestra democracia. Don Ascensión fue derrotado pero luego fue presidente en 1902. Fue entonces cuando conocí mi universidad, allá media cuadra del Mercado.

 

Era fin de febrero y mi madre que me había llevado con su segunda intención al mercado, me compró un taburetito con vaqueta de tigre macho y tachuelas de plata. ¡Qué feliz me sentí! “Pero mira macho no será para que te sientes en la casa. El lunes que viene, tu papá, ya lo dispuso, irás a la escuela”.

 

Y así fue. Marzo con su calor me tomó en una aula al comienzo semanal. Llegué estrenando un lindo vestido de marinero. Un lápiz negro y otro azul y rojo, lucían en la bolsa de mi blusa, ya con la punta bien sacada con la navajita de tata, pues aun los tajadores no se habían presentado en las librerías. Y en las bolsas, dos pañuelos blancos, de a un diez cada uno, aun con la goma de la fábrica. Iba estrenando unos becerros de Heredia de a cuatro pesos el par que chirriaban como una carreta y mi camisa engomada, dominguera, era mi suplicio; un sombrero vicuña, a manera de los de pastor, cubría mi intelecto.

 

Y mamá Luisa me tomó por la fuerza de la siniestra y me arrastró hasta la escuela de la Niña Panchita, donde la pedagogía cimarrona era compartida con su hermana Paulita, delgadita y frágil por sus afanes educativos.

 

Allí en la mera puerta, estaban las dos maestras, con sendos delantales blancos con festonados encajes tejidos a mano y una reglita entre los puños. Entramos y contemplamos las paredes  de blanco y celeste con un crucifijo al frente, grandes carteles, un reloj de pared y muchos y feos bancos de todo tamaño y estilo. El centro, la mesa de la Directora y el cartapacio tradicional. Buenos días señoras, saludamos con reverencia. Buenos se las dé Dios, respondieron las Rodríguez. ¿Y en que las servimos?-Aquí les traigo este indino que todavía no ha querido aprender el padre nuestro, ni el bendito y menos la bendita sea tu Pureza, y que hasta estas horas no sabe firmar.

 

 

¿Y se llama? Judas, lo puso el padre don Matía Zavaleta en Desamparados donde nació el puro día de la Negrita, es decir el 2 de agosto del 83. ¿Católico? Si y romano, agregó mi mamá. Bien, queda apuntado: y ya sabemos que es de don Rafael, el panadero que nos surte, quien ya estuvo el sábado y nos dejó los veinte reales, y este chilillo verde que píca en las piernas como un chile, por si acaso este Macabeo nos falta el respeto y no aprende a rezar.

 

-¿Cuáles veinte reales, y perdóneme? Mi señora, es el precio del primer mes de clases pues esta escuela no es del Gobierno.  (Y era nada menos que de las modestas hermanas del Presidente). Cómprele al chito la cartilla del deletreo donde don Joaquín Montero, cómo esta. Y alargó la mano hacia la mesa para mostrar la cartilla que lucía unaniña con una estrella y una rosa, que nunca he olvidado. Pues ya la traje por dicha y me costó sólo quince. Y la pizarra, ya la tiene?  Y también los pizarrines. También traje de la botica de don Pánfilo Valverde la esponjita para que no borre a punta de saliva. Pues bien, deje al chiquito y vuelva por él a las 10, pasadita…

 

Al verme huérfano lloré. Un chiquillo me pellizcó y un tercero me robó mi naranja. Y como el auditorio era mixto, otra chiquilla queriendo chillarme, me dijo que mi blusa parecía de mujer por su gola marinera. Y ciertas ganas que callo me empezaron a apurar…

 

Ya eran casi las ocho y media. SILENCIO NIÑOS, ya vamos a empezar.  Primero DIOS, agregó la niña Pilarcita. Por la señal con la Santa Cruz..Aquella era la consigna de la Fe. Y el coro de 40 ciudadanos contestó. Amen y a sentarse.

 

Ahora a leer. Esta escalera que pinto aquí en el tablero es como una A. Y vean que tiene una cuerda al centro y muchas graditas. La imagen iba respondiendo al texto. Y como es grande la llamo mayúscula y la decimos con toda la boca bien abierta: A, pero tiene una hermanita, que les voy a dibujar, a, …y le puso hasta ojitos y un rabillo. Como rabo de perro, interrumpió un chiquillo. Esta es la minúscula pues es menor  y se usa enmedio. Y todos la íbamos señalando y dibujando. Y esta otra es redonda, o alargadita como un huevo de gallina es la O. La minúscula es igual pero más chirrisquitica.

 

Y esta tercera, que parece un policía por lo tiesas, con su gorrita, es la i. Y las íbamos pintando con nuestros lápices de azul y negro, unas veces en papel y otras en las duras pizarritas, grises con rayitas coloradas. Ya mis lágrimas se habían secado y los amiguitos nuevos no me miraban con recelo. Eran las 9 y 30 y el recreo llegaba, sin toque de campana y menos de sirenas como ahora. El recreo era al lado de los corrales de las vacas y en un gran portón de calle que ha sido sustituido ahora por el garaje. Y las vacas eran del Presiente don José. Comí mis rosquillas, saboreé una guayaba, bebí en mis manos juntas a falta de jarro y luego corrí al quedó y jugamos a las pinturas, entretenimientos que había aprendido en las Plaza de las Maderas que era libre, donde se levanta ya la nueva Merced. Vino otro poco de catecismo, muchas recomendaciones de respeto y el reloj cacareó las diez en punto. Qué dicha. Ya teníamos hambre y mucho que contar. Otra vez la señal de la cruz, el bendito y un profundo hasta mañana.  Corrí con  mi sillita al hombro, mi bolsa de útiles y abracé a mi mamá que me vino a topetear, como decían los chiquillos.

 

Y en una sola lección había aprendido tres letras y no pocos consejos que ahora faltan o que se olvidan. Luego siguió el silabeo otros meses y al otro año en el Liceo don David Castro nos pidió el Silabario de Mantilla tan lindo y bien empastado.

Yo el año 901 enseñé a leer en La Uruca, a 40 colones mensuales a mis niños con el fonético que introdujo don Juan Rudín, don Napoleón Quesada y don Miguel Obregón. Gastábamos medio año para enseñar a leer y escribir.

Luego cuando Bustos quiso darnos el decroliano, resultó que hacía ya tres años nuestras maestras lo conocían y que su novedad no pegó, no obstante los cien mil colones que Picado pagó a la Misión Chilena.

…………………..

Y a la pregunta de cuál método me parece mejor, diré el de la Niñas Panchita y Pilarcita a quienes Dios tenga en su Cielo.

 

Pero ya el Banco de Costa Rica va a destrozar mi primera aula, de mi recuerdo y de mi dicha.

Comments
2 Responses to “Aprendiendo a leer.”
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