El boyero

El boyero costarricense.

 

Apreciado por un visitante latinoamericano en el año 1951 cuando residía en Costa Rica y le escribía cartas a su querida Teresa.

 

De don Juan Bosh:

 

El Boyero y la carreta.

 

Mi querida Teresa:

 

Los costarricenses no parecen adherirse a la tesis que tan breve y brillantemente expuso Máximo Gómez cuando, a punto de abandonar su tierra dominicana para ir a encabezar en la última guerra el ejército libertador de Cuba, escribió a uno de sus hijos: “Para llevar frutos a la ciudad cómprate un triciclo, porque el hombre es más hombre cuanto más de prisa se mueve”. Aquí se anda despacio. Las cazadoras o camiones –es un apelativo tico de las guaguas- esperan en las paradas que el pasajero llegue a marcha natural; por las calles y por las carreteras, que son generalmente buenas y en ocasiones muy buenas, pasan hombres y mujeres guiando con lentitud sus automóviles. No hay prisa para llegar, y como no hay estrépitos no es necesario levantar el grito de las bocinas por encima del ruido de la ciudad ni se oyen los violentos frenazos que tan a menudo destrozan en La Habana los nervios del transeúnte. La calma se traduce aquí en todo; el lento y bajo tono de la palabra, que se prolonga en los más inesperados diminutivos, dio origen a la transmutación del gentilicio costarricense en tico, pues debido a que hubo época en que todos se llamaban entre si hermaniticos, acabó siendo tico el nombre de los que pueblan este adorable país. La natural parsimonia de la gente no es en Costa Rica fruto de la educación, sino que viene de razones más profundas, entre las cuales sea acaso de las más importantes la manera armónica en que unas cuantas familias ligadas por sangre o por trato lograron que su más lejana descendencia fuera conservando a lo largo de las generaciones la tradición de tierna amistad con que se mantuvieron ellas unidas en los días en que establecieron el núcleo original de lo que hoy es la numerosa gente que puebla la Meseta Central, nervio del país. Sobre el terreno firme y fértil de la tradición, ha venido a coronar finamente esa actitud la obra de los educadores.

 

El símbolo de Costa Rica es la carreta, vehículo lento en todas parte, pero más lento aquí, porque no son nerviosas mulas o poderosos percherones los que tiran de ellas, sino mansos bueyes de despacioso andar. La carreta tica no se parece a la de tierra alguna. Pequeña, para que no quepa en ella carga que agobie a la yunta, de ruedas enterizas hechas en dura madera, el campesino que la tiene y la usa como medio de vida, sacando de las lomas frutos y llevando de vuelta la mercancía que necesita el pulpero, la cuida y la embellece como su bien más valioso y, además, más querido. A menos que sea del patrón de la finca en que trabaja –en cuyo caso no hay ornamentos porque eso significa gastos superfluos-,la carreta tiene una pintura de fondo, en la gran mayoría de las veces, de tono anaranjado; encima van los adornos en colores brillantes, azul, blanco, amarillo, rojo, todos mezclados, ya en figuras de flores, de festones, de pajarillos, ya en cuadrilongos de colores alternados que van formando, casi siempre en las ruedas, círculos crecientes a veces hasta el borde mismo. El lado del camino desdibuja o cubre el laborioso y pintoresco ornamento, parte del cual lleva también el yugo que unce por detrás de los cuernos a los bueyes; pero al llegar a su casa, el carretero lava las ruedas, el cajón –si es que la carreta lo tiene, pues a menudo sólo lleva varas verticales sobre la plancha-, el yugo ; y torna a viajar, loma arriba y loma abajo, siempre a pie él, porque no quiere que sus bueyes, a los que mima tanto que les limpia la boca y la nariz cuando babean atosigados por alguna larga cuesta, tenga con su peso una sobrecarga innecesaria. Bastante tienen ellos con ayudarle a llevar la pesada carga de vivir y a mantener la casa.

 

Posiblemente fueron pintores y escritores los que hicieron de la carreta el símbolo tico; acaso fueron los propios campesinos, que labran a punto de cuchillo juguetes para sus hijos y hacen en miniatura y a montones copias de las lindas carretas; tal vez fue obra de los que crean y venden objetos de recuerdo para los visitantes y los turistas. De todos modos, quienquiera que haya sido autor de tal selección para simbolizar el país olvidó al carretero, o al boyero, como lo llaman aquí. Bajo la lluvia, ese hombre de tan delicado  corazón que no se acuesta sin cortar  caña para sus bueyes, en cuyas bocas él mismo pone los pedazos con amorosa mano, va y viene a pie, perseverante, infatigable; carga la carreta y cuida de que los frutos o la mercancía, muy pocas veces suya, llegue a su destino sin mojarse o sin magullarse; empuja a menudo el vehículo, ayudando a sus bestias, cuando hay un mal paso, se corren las piedras del río que cruza o se hunde la rueda en un pantano traidor; está atento a que no se le maltrate la pintura con un tronco caído o al rozar con los alambres de una cerca, lo cual da idea de que le preocupa lo bello, como a toda criatura de finura moral. Y al final del mes, si el hijo demanda un juguete debe ponerse a hacerlo él mismo, porque no tiene dinero con que comprarlo; o debe verlo crecer descalzo, como los animalitos de Dios, porque ¿ cómo ganar con una carreta, por primorosa , por linda que sea, por mucho que la gente de la ciudad la tenga por símbolo y en casas de alcurnia las usen de adorno en diminutas reproducciones, para que un niño de la montaña además de su tortilla y sus frijoles de cada día, pueda darse el lujo de usar zapatos?

 

Por los caminos de Costa Rica las pintorescas carretas van y vienen lentamente. Al tardo paso de los bueyes; uno las adivina acercarse debido al fino chirrear que saca la rueda del eje. Pero nadie oye la amarga queja que la miseria saca, por persistencia sañuda y oscura, de los días sin fin de su boyero.

 

( Tomado del libro “Costa Rica en Juan Bosch” de Armando Vargas Araya, Editorial Juricentro, San José Costa Rica)

 

 

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