Recuerdos de un Seminarista.

2. Recuerdos de un seminarista.

Recuerdos del viejo Colegio Seminario

Hugo Mora Poltronieri

 

Motivación:

 

          Escribo todo lo que sigue de manera espontánea. Nadie me lo ha pedido. Pero siento que, con el paso de los años, no está de más fijar en blanco y negro algunas remembranzas de tiempos queridos ya idos, cuando pasados no veinte –como querría el viejo tango- sino cincuenta, que son muchos, conviene apresurarnos en ciertos quehaceres impostergables si no queremos que la Parca se adelante con su tijeretazo mortal.

El próximo 19 de diciembre se  cumplirán cincuenta años de nuestra salida, como egresados o bachilleres, del Colegio Seminario. Concluía así un lustro, de 1952 a 1956, a  través del cual una sesentena de alocados e inexpertos muchachillos absorbimos  saberes variados y vivimos experiencias de todo tipo, para salir luego al mundo a recorrer caminos no transitados hasta entonces, que nos llevaron a destinos iguales o diferentes, pero siempre marcados por la impronta de esos años adolescentes pasados en la prestigiosa y nunca olvidada casa de enseñanza.

Cincuenta años después, un 17 de noviembre del 2006, esos mismos ex compañeros de ayer y amigos de siempre, volveremos a reunirnos al abrigo de las paredes del no tan nuevo plantel en el barrio Naciones Unidas, que sí era nuevo en 1956, pues fue en julio de este año cuando el colegio dejó el viejo edificio atrás de la Catedral Metropolitana de San José para asentarse en su nueva sede recientemente terminada. Por consiguiente, fue a esta generación 1956 del colegio a la que correspondió el honor de ser la primera que egresó y se bachilleró en el apenas estrenado recinto. Que quede constancia de esto, pues en la actual página web del colegio (http://www.colegioseminario.net/historia.html/), se afirma otra cosa sin ninguna base y no obstante haberse pedido varias veces hacer la rectificación.

Los recuerdos que aquí se consignan se refieren, mayoritariamente, al viejo colegio, aquel en el corazón de San José y más en el nuestro, abatido por la piqueta a poco de nuestra salida como tantos otros edificios notables, que hacían de San José una ciudad habitable y estéticamente muy diferente de lo que hoy es. (“¡Qué descansada vida la del que huye del mundanal ruido…!)

Pero entremos ya en materia y dejemos que comiencen a fluir los recuerdos de aquello que motiva estas páginas.

Bajando por la avenida Central:

La primera vez en mi vida que supe del Colegio Seminario fue porque aún muy niño, estando cerca de mi escuela, la Buenaventura Corrales,  vi esta extraña inscripción en una pared:  Semina▐ rio. Intrigado, pues las dos palabras no tenían para mí sentido alguno, pregunté a mi papá. Él mi hizo ver que era una sola palabra, pero que había sido dividida en dos simplemente por la columna metida de por medio. A poco él me explicó de qué se trataba y que, escrito ahí, seguramente aludía al equipo de baloncesto, que por aquellos tiempos ya era reconocido como el mejor en ese deporte.

Con el paso de los años, ya yo me había olvidado del asunto. Pero cuatro o cinco años más tarde, finalizando entonces el sexto grado, mi papá me dijo que el año entrante (1952)  ingresaría en el Colegio Seminario.

En los primeros tiempos, dado que vivía en el barrio La California con una tía, mi camino al colegio me llevaba a lo largo de la avenida Central. Años más tarde, porque la casa de mis papás estaba en el barrio Aranjuez, mi recorrido me hacía bordear el parque Bolívar y llegar hasta la avenida Central, justo por la esquina del Petit Trianón. Porque vale la pena recordar cómo era el tramo primeramente recorrido, lo haré aquí brevemente: lo iniciaba casi donde coinciden la avenida Central con la calle 23, esa calle que sube hacia el norte frente al actual cine Magaly, atraviesa la línea del tren y sube hasta el llamado puente de los Incurables y hacia Guadalupe. Continuando desde esa intersección con la calle 23, pasaba por la botica La Primavera, dejaba la  Escuela Lincoln y el Colegio de Sión a la derecha, cruzaba la calle que venía del parque Nacional y me encontraba, a la izquierda, con el costado norte del  viejo Cuartel Bellavista ya convertido en el Museo Nacional, en donde eran muy evidentes los agujeros causados durante el fallido  golpe de Estado, conocido popularmente como el “Cardonazo” (para otros, el “Cabronazo”). A todo esto, desde la salida de mi casa tendría siempre a mi diestra, como paralela fidelísima, a la vía del viejo y pintoresco tranvía, resabio de una red más amplia que, no mucho antes, abarcaba buena parte de la San José de entonces, con derivaciones hasta Guadalupe y San Pedro; esta última sección era la que partía desde el actual Muñoz y Nanne hasta la boca de la Sabana. Pero -¡ay!-  ya en alguna mente calenturienta se incubaba la idea del San Josè Imposible que ahora vivimos, y no pasarían muchos meses sin que a esa última vía se la tragara el asfalto de un progreso mal entendido.

Pero me he desviado:   en la acera opuesta, se erguía majestuoso el Castillo Azul y, colindando con él, algo que entonces semejaba una ruina, pero que era tan solo el proyecto a medio hacer (de lo cual hoy sobran ejemplos) de lo que sería el edificio de la Asamblea Legislativa. A partir de aquí, el panorama era bastante diferente de lo que es ahora, no solo por el cambio en la topografía: empezaba la cuesta de Moras, cuyo nivel estaba entonces a mayor altura que las casas a uno y otro lado. La vía del tranvía corría a la izquierda y una estrecha acera se extendía entre dicha vía y un muro bajo, por encima del cual se observaban, abajo, las construcciones y solares adyacentes. A la derecha se situaba la calle propiamente dicha, repitiéndose lo dicho anteriormente para acera y muro. De las construcciones a uno y otro lado, recuerdo a la izquierda el salón de belleza La Olga, después del cual había un gran solar abierto; a la derecha, desde el comienzo de la cuesta, se podía contemplar una buena cantidad de casitas pequeñas, la mayoría pintadas de blanco  o encaladas y, si no yerro, de adobe o bahareque. Más o menos hacia la mitad del trayecto, a ambos lados existían unas escaleras que comunicaban ambos niveles. Ya llegando al final, a los dos lados surgían varios comercios: de ellos, el único que viene a mi memoria es uno llamado Indiana Coffee, por la singularidad de que el aromático producto podía olerse a la distancia, además de su llamativa insignia: la cabeza emplumada de un indio.

Desde allí hasta la Librería López (100 m al norte del Teatro Nacional), los edificios cuyo recuerdo viene a mi mente son: el eterno Chelles, el Teatro América, el restaurante Balcón de Europa, la soda La Garza, la botica Mariano Jiménez y, a su frente el famoso Petit Trianón (famoso porque allí se apostaban los “glostoras”, tan mentados durante la guerra civil de 1948), y seguía el bazar La Casa. Doblando a la izquierda por la librería, lo único mencionable por su arquitectura, y ya también desaparecido, era un elegante bar junto a la boletería del Teatro Nacional que se llamaba el Patio Español (¿o Andaluz?). En diagonal al mencionado teatro y al otro lado de la avenida segunda, existía aún el pulcro edificio de la Escuela de Pedagogía (resto honroso de la extinta Universidad de Santo Tomás) y, a su costado este,  la Tributación Directa, en una vieja casa de un solo piso. De allí al colegio, había solo 100 metros hacia el sur; y lo único notable era, pocos metros antes de llegar a la esquina y al costado este del Seminario, una casa de dos pisos, metida, y con una arquitectura notable. Lo suficiente para ser catalogada por algunos “cerebros” como candidata a la demolición, lo que no tardó en ocurrir, como con muchos de los edificios aquí mencionados, incluido, desde luego, el viejo Seminario, convertido hoy día de templo del saber en vil parqueo.

Capilla del Seminario

 

El viejo colegio y su primera planta:

Y así llegaba al colegio, cuya entrada principal estaba a pocos metros de la esquina, sobre la avenida 4. El colegio ocupaba gran parte de la cuadra; tenía otra entrada secundaria por el costado oeste, pero no accesible a los estudiantes ni al público, usada sobre todo para el ingreso y salida de bienes, así como para otros menesteres igualmente prosaicos. Esta entrada comunicaba con secciones más bien privadas (la cocina y el dormitorio de los internos y de algún personal del colegio). Hacia la avenida segunda, el colegio limitaba en parte con las instalaciones de la Radio FIDES. Al mismo costado oeste y con entrada propia sobre la avenida 4, pero también con  comunicación interna con el colegio, se hallaba la capilla, cuyo interior es recordado con nostalgia por los amantes del arte.

Ubiquémonos ahora al frente del colegio, una construcción de dos plantas, de sólido ladrillo en sus paredes y vetustas maderas y mosaico en el resto. Una vieja fotografía de Manuel Gómez Miralles nos lo muestra como una construcción formada en realidad por dos edificios, ocupando todo el espacio de la cuadra sobre la avenida 4, entre las calles 1 y 3. El edificio de la derecha, más bajo que el otro y pintado de blanco, presentaba su única puerta a un nivel más elevado que la avenida, enmarcada aquella en un gracioso arco, sobre el cual se situaba un ventana y, coronando el conjunto, un frontón muy bien logrado. A diestra y siniestra de este conjunto, y en ambas plantas, cuatro grandes ventanas completaban la imponente fachada: las de arriba, además de la ubicada al centro, ornadas con balcones de hierro forjado; las de abajo, lo mismo, salvo por carecer de balcones.

El edificio de la izquierda difería bastante, arquitectónicamente, del  primero. Es evidente que sustituyó, en algún momento, a otro edificio muy similar en su fachada al primero (lo que se puede comprobar con otra foto tomada en 1906 por autor desconocido). Era un edificio más alto, todo de ladrillo sin recubrir, con diez grandes ventanas en cada piso,  cuya parte final ocupaba la fachada de la capilla, coronada con un frontón en cuyo centro se destacaba una ventana circular. Debajo del frontón y, más abajo, la puerta, con otro pequeño frontón, completaba este agradable conjunto.

A la puerta principal se ascendía por unos pocos escalones. A la derecha, una ventanilla, detrás de la cual laboraba un viejo relojero que hacía también las veces de cancerbero. Era conocido con el mote de “Válvula” y, según Rodolfo Mora Chaves, el nombre le caía de perlas pues solo se podía ingresar cuando el malhumorado portero accionaba un artilugio ruidoso que operaba con una válvula. Sobrepasado tal obstáculo, se ingresaba en una pequeña pieza en donde se guardaban las bicicletas y -¡gran novedad!- las bicimotos que algunos pocos afortunados estudiantes poseían, para envidia  de los otros. Inmediatamente se topaba uno con otra puerta libre de cancerberos y otras pestes, que se abría a un amplio patio con sus pasillos, alrededor del cual se distribuían aulas y otras dependencias. No más dados los primeros pasos después de la puerta, se encontraba uno con dos escaleras a derecha e izquierda, las cuales llevaban al segundo piso del edificio.

Pero quedémonos por ahora en la primera planta. Al ingresar por la puerta, si tomábamos por la derecha, nos encontrábamos unos metros después con otra puerta que escondía un laboratorio de ciencias, poco o nada usado por entonces. Girando hacia la izquierda por el corredor, en lo que era el costado este del edificio, aparecían sucesivamente las aulas de los dos segundos años (por entonces, solo había dos secciones por nivel). Girando otra vez a la izquierda, había una puerta que permitía el acceso a una pieza pequeña y oscura, por cuyo muro oriental un vano o hueco llevaba al aula del Iº A. Regresando al pasillo y sobre el costado norte, estaba el aula correspondiente al Iº B y, un poco más allá, otra pieza grande en donde se guardaban también vehículos de dos ruedas. En la conjunción del costado norte con el oeste, se ubicaba la diminuta soda de don Eliseo, siempre muy frecuentada en los recreos, en donde ya desde entonces se consumía la misma comida chatarra que aún comen escolares y colegiales, tan dañina pero a la vez tan tentadora. En el corredor del oeste, había la amplia ventana de una enorme sala llamada el Estudio.

Al terminar el corredor oeste y girar a la derecha, se encontraba uno con la puerta del Estudio, en donde los alumnos internos y semiinternos teníamos un pupitre con candado que contenía los libros, los cuadernos y otros útiles propios del proceso de enseñanza y aprendizaje. Allí, entre las 12 y la 1 de la tarde y luego, entre las 4 y las 5 de la tarde, esos mismos estudiantes debíamos ocuparnos con el estudio y las tareas, bajo la vigilancia de uno de los curas: este, sentado en un alto estrado adelante o bien, circulando con un libro de oraciones entre las filas, estaba siempre atento a que se mantuviera la disciplina necesaria, incluso jalando orejas o disparando bofetones, según el caso. Enfrente de la puerta de este salón, había otra pieza, de cuyo uso no estoy seguro, aunque creo que su empleo estaba también relacionado con las (moto)bicicletas de los estudiantes. Al terminar este corredor,  ascendiendo unos pocos escalones, se encontraba uno con otro: tornando a siniestra, una escalera lo llevaba  al segundo piso; a diestra o continuando de frente, se ingresaba en un corredor que rodeaba el otro gran patio del colegio.

Al centro del patio, la cancha de basquetbol. Los corredores al sur y al oeste, con sus caños y sus postes para sostener el techo, eran idóneos para un tipo de juego muy popular, llamado simplemente caño. Este se jugaba en parejas o individualmente, haciendo golpear con la mano una bola de tenis contra la pared y procurando hacerla caer en el caño o pegarla en un poste dentro de la “cancha”, en cuyo caso se ganaba un tanto.

El corredor del norte, más amplio, era convertido en los recreos grandes u horas libres en otra “cancha” más, para el deporte tico por excelencia, el futbol.  Se jugaba tipo “mejenga”, usualmente entre dos secciones del mismo nivel, con bola de tenis. Las metas se colocaban en los extremos este y oeste. Los capitanes –en nuestro nivel- no podían ser otros que dos verdaderos ases:  Luis F. Vargas (“Papota”), por el A, y “Patada” González, por el B.

Dicho sea de paso: para tristeza de futbolistas y “cañistas”, el nuevo edificio no ofrecería ninguna facilidad para su práctica, aunque sí para el deporte rey y el fútbol de cancha verde (no habría ni piscina ni gimnasio por mucho tiempo).

Porque, la verdad, el deporte rey en el colegio no podía ser otro que el que le daba tanta fama nacional e internacional: el basquetbol. De hecho, el colegio era, desde tiempo atrás, un semillero constante de jugadores de primera clase. Con frecuencia se realizaban torneos con equipos foráneos y esos días eran de verdadera fiesta para todos. El alma del deporte de los aros  no era otro que  el popular Padre Löffelholz, “Palefin”, nuestro profesor de Historia; y en nuestra sección, el A, su máximo exponente era Juan Fco. Montealegre, “Panti”, un jugador fino y cerebral. No se le quedaba atrás, en el B, José Ma. Borbón Arias, acucioso y certero en el enceste.

La descripción del primer piso no sería completa sin mencionar que, a los extremos de la improvisada cancha de futbol, se situaban: al oeste, un gran portón de madera que comunicaba con la salida occidental ya mencionada, pero también con algunas áreas privadas, como se mencionó un poco atrás. Al otro extremo, estaba una larga pila con tubos para el agua potable; luego, en sentido oeste y a la derecha, los servicios sanitarios, una puerta que era el acceso usual para los internos hacia sus dormitorios y, continuando al oeste, otra puerta por la que se entraba al comedor.  Si se traspasaba la puerta trasanterior, se encontraba uno con algunos baños situados a la derecha y, más adelante, dependencias como la cocina, los dormitorios mencionados, así como los del P. Lennartz y los hermanos a cargo de labores no docentes. En lo que se refiere al costado sur del patio, casi hacia el centro del corredor se distinguía una puerta por la cual se ingresaba a un gran salón, con un piano cerca de la entrada,  usado tal salón más que todo en ocasiones especiales, como los actos públicos de final del curso o las noches de cine, de los miércoles.

La segunda planta del colegio:

Colegio Seminario

En cuanto al segundo piso, si retrocedíamos al primer patio mencionado, el de la doble escalera y subíamos  por la de la derecha,  nos encontrábamos con un corredor de baranda metálica que se extendía por los cuatro costados del piso y, viendo hacia la izquierda, con el aula ocupada por el IVº B; a continuación, la sede de la Dirección y la Secretaría y otra aula, la del IVº A. Por el costado este veríamos, sucesivamente, las habitaciones de “Palefin” y del P. Kullmann, este último, por entonces,  Director del colegio. Girando hacia la izquierda, en lo que sería el costado norte, aparecerían las aulas de los dos quintos años y, torciendo hacia el costado oeste, una pared a cuyo extremo se abriría un pasillo hacia otras dependencias. A la izquierda del pasillo se encontraba la oficina del P. Scheufgen (a la tica, “Choifen”), el viejo cura encargado de la contabilidad, una persona de suave palabra y gran amabilidad.  Al final del pasadizo y, a la izquierda, una escalera que venía desde el segundo patio; a la derecha, unos escalones conducían a una especie de tercer piso, con un pasillo siempre oscuro hacia la izquierda, en donde se hallaban varias piezas, algunas con ventanas hacia el segundo patio. Una de estas piezas era ocupada por el P. Zingsheim (simplemente, “Zinsan”); en otra había un aula en la que recibimos las lecciones de Física, estando en IVº año, con un profesor de apellido Redondo, al  que nos referíamos en confianza como “Angustias”. Volviendo atrás, bajando los escalones, inmediatamene a la derecha y a un nivel ligeramente inferior, algo así como un entrepiso,  había una serie de escalones de madera que llevaban hacia una puerta, orientada hacia el norte: en la pequeña pieza a que daba acceso dicha puerta había una  biblioteca. En ella, de tanto en tanto, los grupos eran llevados por don Paco Lobo, nuestro profesor de Castellano, para consagrarnos a la lectura (ideal no siempre logrado por causa de algunos bromistas presentes en todo grupo). Este recinto también tenía ventanas hacia el patio central.

Al salir de esta pequeña pieza, caminando en dirección a la escalera que ascendía desde el segundo patio, pero sin bajar, si se tomaba a la derecha se hallaba uno ante un largo corredor, paralelo al costado sur del patio, por el cual se llegaba a las aulas de dos secciones: IIIº A y IIIº B. Estas aulas, como se comprenderá, tenían ventanas con vistas hacia la avenida más próxima, la cuarta.  No estoy seguro de si al extremos del corredor había una comunicación que llevaba al coro de la capilla.

Los profesores:

Hasta aquí lo que podríamos denominar descripción de la planta física del viejo colegio. Pero, ¿qué podría decirse en cuanto a la atmósfera humana que se respiraba en la institución? En los próximos párrafos se intentará retrotraerla para los lectores, intentando hacerlo de la manera más objetiva, aunque con las limitaciones propias de quien escribe sin tener la posibilidad (al menos por ahora) de confrontarlas con las propias de otros compañeros, igualmente presentes en aquellas circunstancias.

¿Qué decir del personal?  El P. Kullmann, el director, muy bien descrito por Guido Sáenz en su libro Piedra azul, personaje inolvidable, de sobrenombre “Tingo”; el P. Lennartz, gran matemático y formidable violinista, arisco pero de gran corazón si se intentaba ganar su amistad; el P. Zingsheim, profesor de Psicología, inspirador, con su pipa de siempre y su mirada escrutadora a quien, en broma, al acercarse a un grupo, se le mencionaba en susurros como “La Ley” y hasta, con gran injusticia pero sin mala intención, “La Gestapo”; el mencionado “Palefin”, de gran barriga, sonrosado y de muy buen humor;  y, en fin, don Mario Moreira, intachable como caballero y secretario en su oficina del segundo piso.

En cuanto a los profesores seglares, aunque fueron muchos y de altos vuelos, trataré de recordar a algunos, empezando desde el nivel inicial, el del primer año, o séptimo, como se empezaría a denominar muchos años después con la nueva nomenclatura.  En primer año, recuerdo a dos de ellos: doña Claudia Cascante de Gómez, profesora de Castellano, posiblemente la primera y única mujer en toda la historia del colegio, hasta entonces; don Ricardo Charpentier, jovencísimo profesor,  quien me  puso en contacto por primera vez con la Física, una ciencia cuyo estudio siempre me atrajo, pero que en años superiores careció de buenos docentes  (excepto en quinto, con don Mario Hoffmeister); don Mario Fernández, excelente profesor de Matemática, con quien perdí el miedo que traía de la escuela hacia esta disciplina al introducirnos con tan buena metodología en el estudio del Álgebra, lo que se complementaba con Geometría; en tercero, recuerdo a don Efraín Rojas, en Historia, ameno en su disciplina y excelente en su trato personal; en cuarto, a Luis Castro y Miguel Casafont, ambos jóvenes abogados encargados de enseñarnos Cívica, lo que hacían con mucha propiedad; y en quinto, a Allan Nicoleyson, de Química, buen profesor, quien también lo había sido en cuarto año. Pero  mis recuerdos más claros van hacia don Francisco Lobo, excelente en Castellano, impresionante cuando su voz airada estremecía los viejos muros de bahareque y ladrillo; don Francisco Rosabal, de Inglés, un señor entrado en años pero con el humor y el entusiasmo de cualquier adolescente, maravilloso en su materia; don Jorge Astúa, de Francés, un hombre de mundo imbuido del espíritu libre y gentil de la dulce Francia, grande como profesor; don Ernesto Vargas Montero, profesor en varios cursos, caballero cumplido y gran amigo, dueño de una paciencia y una bondad a toda prueba; don Federico Carmiol, el profesor más joven, brillante en Matemática, difícil asignatura que él siempre, con su suavidad y constante buen trato, supo hacérnosla asequible y amena; don Joaquín Leitón, profesor de Biología, muy conocedor de su materia, cuyo hablar suave y reposado era motivo de imitaciones muy bien logradas por algunos compañeros con “chispa” y alma de actores; y, en fin, don Guillermo Villalobos, quien nos dio Geografia en tercero, donde combinaba su afición por esos estudios con el beisbol: memorables eran sus “ponchadas” en los exámenes orales: “¡bola uno!”, “¡strike” tres!, “¡out!”, “¡se ponchó!”… (grandes risas entre los “espectadores” y gestos de preocupación e impotencia en el improvisado “bateador”).

 

Los estudiantes:

 

En general, podría decirse que el ambiente que se respiraba en el colegio, en aquellos tiempos era bastante diferente al que se conoce de las instituciones similares actuales, sobre todo de las públicas.  El respeto hacia los profesores –legos o de sotana- era la norma. Estos tenían mucho más libertad de acción que los actuales –sobre todo los curas-, y no era nada raro verse sometidos los estudiantes no solo a regañadas pasadas de tono, sino a pellizcos, jalones de orejas y hasta patadas, sin que los padres de familia o encargados llegaran a las mínimas acciones posibles, como podrían haber sido presentar un reclamo ante la Dirección del colegio u otras autoridades oficiales o eclesiales, mucho menos la tan usual hoy día de recurrir a la ley por abuso de poder contra sus retoños. De hecho, no pocas veces presencié esta violencia extrema por parte de la mayoría de los curas: el caso que más me impresionó fue, estando en primero o segundo, el ver a uno de los curas bajar a patadas, desde una de las escaleras del primer patio, a un estudiante culpable de no sé qué travesura. Que yo sepa, el incidente no llegó a más, salvo para el estudiante con sus posaderas bendecidas de tal manera…

Los estudiantes, excepto en aquellos casos en que hubiera una confianza establecida desde años atrás, no nos llamábamos  unos a otros por el nombre. Lo corriente era imitar en eso a nuestros profesores, que se dirigían a nosotros no por el nombre de pila, sino por los apellidos. Aunque, a decir verdad, lo más frecuente era obviar tan largos apelativos recurriendo a algún apodo, algunos puestos de manera muy ingeniosa y otros, inconvenientes de reproducir ahora en blanco y negro. Casi se podría decir que, ya entonces y aun pasados tantos años, cuando recordamos a algún compañero o estudiante de otro nivel, lo primero que se nos viene en mente (y a veces, solo eso) es el sobrenombre. ¿Quién no se acuerda hoy día de apodos como los mencionados párrafos atrás, u otros como “Picuya”, “Chuleta”, “Bombeta”, “Bicho”, “Loquillo”, “Carpincho”, “Pocopelo”, “Polaco”, “Pubi”, “Chileno”…? En fin, la lista es larga y hasta valdría la pena continuarla, porque aun con los límites que imponen la “moral y las buenas costumbres”, este rubro dice mucho acerca del ingenio, el buen humor y la creatividad de quienes se tomaban el trabajo de inventar tales motes, muchas veces como productos de una gran capacidad de observación o de un instinto de “jodarria” incontrolado contra algo o alguien.

Otros recuerdos :

Otros recuerdos que se agolpan en mi mente y que trataré enseguida de manera sucinta, son estos: la “pelada al ras” con que se recibió por bastante tiempo a los novatos del primer año, lo que se prestaba para corridas, enfrentamientos y abusos de todo tipo contra los asustadizos novatillos; los gritos de “¡la tributadora, la tributadora!”, con que algunos estudiantes, desde afuera del puesto de “Válvula”, con las hormonas en plena ebullición, saludaban el paso de una guapísima  jovencita que trabajaba en la cercana Tributación Directa; los desfiles estudiantiles por las calles de San José, con motivo de la celebración de alguna efemérides nacional, siempre en competencia con los estudiantes del Liceo de Costa Rica (una vez, incluso, el colegio “la sacó del estadio”, cuando desfiló con un cuerpo de caballería, nada menos, y con unos uniformes de lujo, en brutal contraste con el sobrio uniforme de siempre, el caqui, con su corbata y cachucha del mismo material); la vez que ingresó un nuevo colegial, toda una novedad, un italianillo de los inmigrantes recién llegados a San Vito de Java y la “polada” de correr en masa hacia él, cerca de la soda, seguramente para ver si era carne y hueso, como nosotros; y tampoco se podrían dejar por fuera las noches de cine, los miércoles, realizadas en el salón de actos, lo mismo que el  sabroso y germanísimo pan integral o también el panqueque.  con que nos obsequiaba el hermano Gregorio, de luenga barba, ya muy anciano, al que llamábamos cariñosamente “Manito”.

Palabras finales:

 

          Estas añoranzas se verían mucho más enriquecidas si se completaran con las contribuciones de otros compañeros. La más simple consiste en comunicarse con el autor de estas líneas para señalarle omisiones imperdonables o correcciones en algunas de las apreciaciones hechas aquí.

Por otra parte, la parte subjetiva, personal, que puede aportar cada uno de los lectores interesados, agregaría más sabor y “pimienta” a la narración. Es claro que hay muchas historias y anécdotas de aquellos tiempos, desconocidas para quien escribe, con las cuales se podría ampliar la perspectiva meramente humana de esa común experiencia.

Todo lo anterior puede transmitirse al autor por cualquier vía de las apuntadas más adelante. La única condición es que lo referido se ajuste a la verdad y que no pueda herir susceptibilidades ajenas. Además, que el autor tenga la libertad suficiente para editarlas y hasta desecharlas, si no cumplieran con lo establecido.

Pensemos, además, que si a todo lo anterior –material escrito- pudiéramos agregar fotografías y otros documentos, aparte de poder contar con el apoyo de algún mecenas surgido de nuestras filas, podríamos hacer una publicación de mayor fuste, aunque solo fuera de circulación limitada entre nosotros.

Finalmente, quiero dedicar estas líneas a todos aquellos queridos ex profesores y ex compañeros que se fueron quedando a lo largo del camino, a quienes tendremos muy presentes en esta extraordinaria celebración.

¡Gracias a la vida por haber llegado hasta aquí!

 

 

 

F I N

Comments
One Response to “Recuerdos de un Seminarista.”
  1. consueloq dice:

    Maravillosa intervención! Que narrativa tan exacta y entretenida de aquellos años maravillosos que tuvimos la oportunidad de vivir los estudiantes de aquellos maravillosos años!! En 1956 yo estaba, con una deis hermanas en la Escuela Vitalia Madrigal, diagonal al Colegio Seminario y mi hermana mayor, en el Colegio Superior de Señoritas y mis hermanos varones en el Liceo de Costa Rica. Recuerdo muy bien ese color kaki del uniforme del Semi, como decíamos, y las salidas del colegio, calles llenas de estudiantes con sus diferentes uniformes muy bien planchados por cierto, sus pelos recortados a la época, brillantes por la “glostora”, algunos pelados “cepillo”, y las muchachas con sus cabellos peinados coquetamente, algunos lazos o prensas de adorno. Sus enaguas más abajo de las rodillas, las medias negras del Seño, con las pretinas de las blusas bien talladuras insinuando sus figuras, bien engomadas así como sus puños. Los zapatos, en su mayoría, tanto hombres como mujeres, bien embetunados y brillantes. Y què me dices del nudo de la corbata? Un triunfo aprender a hacerlo! A veces se hacían “uniones” de estudiantes femeninos con estudiantes masculinos y se hacían bailecitos, generalmente en las tardes y a las 6, todo el mundo para sus casas.
    En esos tiempos se transitaba tranquilamente por las calles de San José. Salíamos del “cole” y la gran mayoría enrumbaba hacia el sur. Esa calle y la siguiente calle hacia el este, se llenaba de estudiantes. De ahí el Nombre de “Paseo de los Estudiantes”, el cual no desapareció con el tiempo, sino por el interés de un Alcalde de San José , pero eso pertenece a otra historia. Mi padre, en algún momento de “ese” Colegio Seminario de esa época, fue profesor de música. Además lo era en la Escuela Juan Rudín, que se encontraba en aquella bella casona, creo que 100 “varas” al Sur y 100 al este, que fuera la casa de don José María Castro Madriz. Bella casa, con solar y corredores de mosaico internos. No sé cuándo ni cómo desapareció, a la orden de algún genio, para dar paso a la modernización, un maravilloso y modernísimo parqueo, o sea, un planché de cemento rodeado por una malla! jaja. Me río por no llorar. Mi padre, Profesor Rafael Quesada Quesada, nos contó muchas historias del Colegio Seminario y sobre todo del Padre Kulmann, hombre de respeto y carácter, a quien admiraba mucho.
    Recuerdo una bella Capilla al frente de las puertas de la Escuela Vitalia Madrigal, la cual también desapareció. Iglesia Good Shepper, si mal no recuerdo. Cuando estaba abierta, yo no podía aguantar las ganas de ver hacia adentro y lograba ver unos vellos ventanales con vitrales que dejaban entrar luces de diferentes colores hermosamente distribuidos por el piso en la parte central que llegaba al altar.
    También recuerdo el “anexo” del teatro nacional, en donde ensayaba la sinfónica y también se usaba en otras actividades, pues yo tomé clases de pintura en ese edificio allá por los años finales de los 60. Recuerdo q en esos tiempos yo usaba boina.
    Bueno, aquí se seguiría escribiendo sin parar y creo q he abusado, pero su relato tan exacto y bello me motivó y tengo la mala costumbre de escribir lo q se viene a mi mente sin revisar ni releer, porque si hiciera eso, elimino todo el comentario.
    Gracias por “escarbar” en mi mente con su relato. Lo felicito por tan buena memoria con nombres y direcciones. Sentí como si estuviera recorriendo un mapa.
    Saludos,
    Consuelo Quesada Mayorga

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