Luz María de la Cruz Redón:Nocturno,sus mejores páginas.

Portada

Viñeta

·Allá iba el carretero. Apareció por la puerta de la mañana, abriéndose paso por entre los nogales y el rocío; rasgando el paisaje – en dos- con el serpenteante látigo.

·Insignificante y anodino. De mirada lenta y respiración fatigada.

·Suyos eran los caminos. Suyos el calor y el polvo. El frío y la madrugada. La escarcha y la niebla le pertenecían.

·Era un hombre del crepúsculo; indiferente a la fatigas, a la dureza, a la privación. A la vida misma. Exento, sin saber como y desde cuándo, del viril instinto de la felicidad. Aferrado – inevitablemente- a comunes bienestares inalcanzables.

·Un sudor indecoroso, almibarado, lo acompañaba por doquier y teñía de rubor la gastada camiseta.

·Su perfecto maniobrar sobre las riendas, la decisión de su pie en la exacta posición del equilibrio, su trasero rotundamente encadenado a la silla lo liberaban –para siempre- de la ilustración, de la cultura, del arte…

·No había, para él, otra verdad que el atezado pan de sus mañanas y la fiebre viva de sus carnes. No conocía otro sabor que el sueño breve, de una copa de licor y quizás –rara vez- una mujer…

·Al pasar -por la mañana- como un sueño antiguo, como una parálisis de la civilización, como una expitante bandera de felicidad, el impoluto mundo nuevo se estremecía por un prolongado momento. El asfalto trasmutábase en grava tintineante: voces no identificables preludiaban su mercancía: el sol emitiía una sorda y conspicua voz. Espesos cortinajes parecían velar los ventanales y, en los lechos exánimes, la vida, recobrar sus perdidos propósitos.

·La ciudad renunciaba -por breves instantes- al iracundo tiempo presente.

·Era el momento de los pájaros y del agua, de los cazos lentos sobre el chirriante fuego. La hora de la leche fresca y los manteles ( a cuadros) desplegados. El instante de la bendición y la sonrisa.

·Este hombre, sin saberlo, erigía desvanes y maniquíes. muñecas de porcelana; cajitas de música. Chiffonniers y peinadores antiguos. Y baúles de complicados mecanismos.

·Un perro de lana , en la penumbra, dormitaba con los botones de sus ojos abiertos.

·Hedía a tierra abierta. A nabos. A hierba recien cortada. Enjambres de avispas volaban -libres- traficando con aromas, fragmentos de plolen y flores trituradas.

·(Un crepitante rumor de azada; tiene , su desvancijado filo, el calor y el frío de una raíz de vida, Y tañer mortuorio su perturbador estruendo).

·Y aunque él pasaba raudo-por la calle-. el rasguear de los arneses y de las ruedas moliendo el pavimento, dilataba su presencia más allá de la vista y del deseo.

·Una partícula de polvo, de cabellos gracientos, un silbido irregular a través de las mondadas encías. Una pequeñez, en suma. Pero lo bastante sólido para fundar un mundo alucinante con sabor a viejo pulso; no tan inasible para quien poseyera un sueño en la sangre, y en el corazón una verdad.

·Él coronaba de expectación la mañana. La sana brutalidad de su estampa. A su paso temblaba el pequeño cementerio. Un estupor de alas, de herrumbre y de aguanieve asediaba las tristes casas y a sus melancólicos habitantes.

·Había quienes asomaban su nariz por los cristales asombrados, y sonreían. La viñeta de cuatro ruedas espasmódicas, un corcel y un vagabundo peinado obstinadamente hacia atrás ( con pegamento-parecía-) infundía una tibia y dolorosa sensación. Por momentos, no parecían tan importantes la hora, la escuela, el trabajo; no importaban el año o la moda, por breves instantes.

·Panecillos frescos transportaba, o tal vez leña; quizás heno recien segado. O curiosos artículos de feria. Pudiera ser que nada llevara, salvo la fugaz inscripción en su antebrazo derecho: “Dolly”, y un corazón fracturado por una insatisfactoria flecha de cuyo extremo manaba una gota de sangre.

·Para cada uno transportaba sus particulares deseos no cumplidos;propósitos que la dura civilización aniquilara incluso antes de que pudieran verse formulados: un novio, una casa, un viaje. Una tarta de Navidad. O la muerte bajo un complaciente río…

·Por un minuto, siquiera, la humanidad paraba. Él les traía la vida. Ellos lo hacían suyo como quien atrapa, al vuelo ( y en secreto), la esperanza.

·Un fragmento perdido de folclor. Un sudor genuino. Un verdadero animal desnudo de ornamentos. Sólo las blanquecinas cuarteaduras de sus manos y el polvo del camino, en ellas; sólo su mirada vidriosa por el rocío; nada más que su hambre; su desesperanzada fe de trabajador cansino. La tos, el esputo y el frío. Únicamente su voluntad de ser y de hacer lo que hacía. Su prescripción, su sino. Y la carretela blanca dando tumbos. En aquellas, en todas las mañanas.

·El regreso

·La calle y sus habitantes lucían lacónicos y severos; ni ellos ni la ciudad sonreían. Había música –no obstante- en algunas dependencias comerciales , y la gente, impensadamente, ajustaba su paso a aquellos transitorios espacios melódicos.

·Había dureza en los rostros y en los edificios.

·Por unos momentos pensó que se había equivocado. La plaza, en donde concertara sus primeros e inexpertos encuentros juveniles, estaba –sin embargo- allí, pero un manto de melancolía parecía protegerla de cualquier inoportuna evocación. “Algunos habrán caído aquí, también”, meditó. “La plaza está triste por la sangre vertida; sus árboles habrán bebido – a su vez- el maldito vino de la guerra”.

·Inevitablemente lloró.

·Ella portaba el barroco trópico en su cartera; las guacamayas y serpientes del bosque tropical lluvioso; y la alegría precolombina del jade y del oro labrados. Pero no había aquí lugar endonde esos tesoros tuviesen cabida.

·Una remota guitarra gimió en alguna parte; una voz contenida; una plegaria trasmutada en canción. Hay lugares más allá de donde el llanto se encuentra. Se puede morir en un sitio, descansado y atónito; se puede morir yendo de un lugar a otro; en el barranco o en la cima. Podemos arrastrarnos con la muerte en nuestra zaga o popdemos darle tiempo de llegar, recostados a la orilla de un remanso. Aquella voz le salía al encuentro a través de un canto que era de amor y desesperanza, de promesas de intimidad; de hastío. Mientras losotros morían en silencio y caminaban con sus sentimientos sellados, la canción se inclinaba –graciosamente- sobre el abismo, empujando hacia la larga oscuridad…

·Ella al persigío vanamente; parecía que cuando ya la alcanzaba, aquella se localizaba en un punto completamente diferente y hasta opuesto al lugar de donde, primitivamente, aparentaba proceder. Estuvo moviéndose en círculos, abarcando áreas cada vez mayores; la música daba la impresión de estar alejándose cada vez más . De pronto se le ocurrió que sólo a ella le esta prometida; que unicamente ella la escuchaba.

·Se encontraba fuera del cordón industrial; allí daba comienzop una agostada porción de campo. Algunas casas. El silencio…Llamó a una puerta y nadie supo darle razón de lo que buscaba; la miraron compasivamente y hasta llegaron a sonreír; pero las miradas de la gente no la veían a ella. Habían alcanz ado una repentina elevación de soledad desde donde parecían aguardar –impasiblemente- el fin que no cesaba de aproximarse.

***

·Los primeros neones de la clle habían roto la incipiente oscuridad; una voz de la cercana noche hacía oír sus acordes por doquier, cuando ella hubo regresado de su infructuosa travesía. Los cafés y otros centros de alimentación estaban abiertos y con muy poca clientela en ellos. Hordas de jóvenes transitaban sin propósito, e inconfundiblemete ebrios. De un salón de baile, una melodía subterranea, enferma, fluía -sin piedad- hacia el umbroso exterior en donde los edificios, albergadospor la equívoca penumbra desnudaban –por fin- sus rostros, mostrando un compungido abandono.

·Encendió una cigarrillo; junto con el humo, ella evacuaba nostalgias. “Si haz de morir, que sea realizando algo; muevete, ve, regresa; cava una fosa a tus pies y salta dentro de ella”.

·La zona má tenebrosa llevaba hasta la vieja estación de trenes; tenía curiosidad por conocer en qué había parado –si era que aún existía- aquel entrañable lugar que hacía veinte años perdiera de vista. Allá se dirigió.

·Edificios antiguos y maltratados – prostíbulos, algunos de ellos- le salieron al paso . Un hedor a cosa corrompida prestaba cierto tono cálido al ambiente. Se diría que allí transcurría un extraño sistema vital; una amorosa esencia fluía de su agresiva sustancia.

·Diseminados en varias direcciones, fuegos votivos, antorchas infraestructurales en donde acontecían un nauseabundo guisado, una tortilla de rescold, un humeante tarro de café. La luz que despedían los trozos de muebles carbonizados imprimía un sobrenatural destello en los rostros a ella recogidos, pacíficos y expectantes. El periódico que cubría una amontonado túmulo se desplegó- en la noche- como la vela de un primitivo barquichuelo: el muchacho, amodorrado, tuvo –sin embargo- la suficiente presencia de ánimo para sonreir. Luego, la olvidó y se puso a olfatear, devotamente. El vapor que despedía un enhollinado envase de compotas, en donde se cocinaba la cena.

·Entonces la percibió; primero fue un susurro gangoso, como el que producen los goznes oxidados de una puerta, al abrirse ésta. Fuecomo si todos loscacharros hubiesen hablado (o intentaran hacerlo) a una vez. Como si el sibilante tiempo pasado se rehiciera de golpe.

·Al comienzo, la canción fue un quejido que, lentamente, se convirtió en una advertencia, en un perentorio y profundo requiebro de amor…

·Caminaban hacia la muerte. Se podía aguardar a esta en silencio, recogidos , como hacían todos aquellos inexpresivos ciudadanos del sector iluminado de la ciudad. Acá se la abordaba cantando, riendo y avivando rubios fuegos ceremoniales. Todas las noches.

·Entonces ella pudo recobrar la localización de sus deseos, de sus recuerdos encendidos por obra de aquella desdichada aunque apasionada interpretación. Descubrió – maravillada- que, en un tono monocorde, el viaje, la canción, las esperanzas se alineaban.

·Había muchas formas de esperar a la muerte. Esta siempre llegaba. Había un camino de lágrimas y el silencio; el descanso; había el odio, el trabajo, el amor…

·Entonces ya no se sintió perdida y dejó de tener miedo.

Alas

·Ahí estaba el viajero. Convocado por el calor de la noche y la distancia. Envuelto en lejanas meditaciones. Sus pasos, que tan bien conocían la amistad de los andenes, transitaban metódicamente –son propósito- la oscura cinta de asfalto que corría paralela a los rieles, hasta donde una lñúgubre casita de alimentos rápidos la interrumpía. Un boleto de transporte emergía de su enguantada mano que –alternativamente- introducía en su bolsillo o la sacaba de allí.

·La maleta era breve como una flor o como esas cosas de corta vida que –sin tener un propósito definido- existen, sin embargo, en este mundo. Algo hecho para las llegadas rápidas y las rápidas despedidas: sin color, finita, mutable; ingrávida casi. Imprecisable.

·Sus vestidos no eran sus límites; ni el alcance de sus brazos extendidos. Ni siquiera lo que con la vista o su imaginación pudiese abarcar. Siempre má mundos, vastos mundos donde la gente moría o nacía; en donde toda muerte era – en cualquier caso – origen de perpetuidad, como en el extenso orbe de las estrellas que, en las noches de sombrías pensiones, contemplaba.

·Era dueño de los bienes de la tierra que nada le costaban: de las ciudades que fluían; de la hirsuta hierba de los caminos, del fuerte olor a tierra apisonada; de los animales que a la orilla del camino pacen; de las notas de las aves en el crepúsculo y en el alba. De los portones abiertos; del heno derramándose de las cargadas carretas. Del trebol, de la alflafa.

·Amaba las regiones vastas, los edificios inconclusos;: la cena nueva, la nueva ropa. Las cosas que le llegaban y que –abruptamente – lo dejaban. Pues él no tenía freno, dotado –como estaba- de natural energía para el movimiento. Hecho para el riesgo y la distancia.

·Hermano de los campos cargados de fragancias; del aire; de la desnudez: del vaho que siempre huye y que nunca es el mismo. De las hojas de los caminos; del latido de su pecho, siempre nuevo. De las palabras que el viento arrebata.

·Dejarse llevar….

·Hacía tiempo que dejara atrás los sitios seguros y afianzados: hacía mucho tiempo que su vida se convirtiera en un impertinente fluir; amaba y, al mismo tiempo, sentía miedo de los puertos. Era como un río sin origen ni reposo que transcurría riesgosamente y –lo sabía- no cesaría hasta su muerte.

·Ecos, ondulñaciones y susurros constituían lo más estable de su equipaje y sus sentimentos . Año tras año viajendo entre las multitudes; alegrándose en su soledad individual o, solo, entre las gentes.

·Ver los niños correrpor las calles de los estrechos pueblos;mirar a los jóvenes zambullirse y nadar, de espaldas, en la pacífica corriente de una laguna; llevarse en el alma los dorados hilos de agua que escurrían de sus torsos desnudos. La luz y la sombra –alternadas- en las ramas de los árboles movidos por el viento. Guardar, entre sus cosas (¿las tenía?), el movimiento de una mano expresando “adiós”, los besos rápidos, los abrazos (retener el furtivo calor de aquel pecho); una fruta madura que no comería; un libro adquirido apresuradamente, en una perdida calle cercana a la estación.

·Y –de nuevo- abrir las alas.

·Allí estaba; diríase que comenzaba a inquietarse. Un curioso sombrero tirolés lo protegía de la neblina que empezaba a cercarlo dotando –al mismo tiempo- de una calidad fantasmagórica a la que ya de por sí diluida estación de trenes.

·El abandono y la soledad reinaban por doquier. Por doquier el silencio y la noche.

·Crecer en cualquier parte… Crecer, por igual, en todas partes. Lo importante era ir, echarse a volar, anticiparse al sol;: llegar a un blanco y almidonado nido, descanzar; despertarse y divisar el oceano: embarcarse.

·Una espumosa conta tras de sí. Una nueva extensión vivente, del otro lado. Acampar juntolos leños solidarios; la lealtad del pan de ancho corazón. Escribir una apresurada carta y, de nuevo huir –como un esclavo huye- hacia un callado puesto donde la vista de gente muy anciana sosegaría – por una temporada- su incesante cabalgar.

·La mdia noche yacía quieta, elemental. Un fresco aliento de otoño erraba –sin ley- de Este a Oeste, como un último fulgor de despedida; larga era la distancia que había recorrido éste, sólo (acasop) para tocar aquella remota estación, antes de morir en algún lado, antes de perderla. (Así, de alguna manera, ambos se salvaban).

·Una pareja de mozos venía por el sector inculto del otro lado de la línea ferrea; antes de llegar a un conjunto de setos, el jóven abrazó a su pareja y la atrajo hacia la niebla. El viajero sonrió, en la interperie.

·Puntualmente, el tren llegó. Él se quitó el sombrero. La locomotora se le parecía: empujaba, extendíase -siempre- hacia afuera, más allá penetrando en el seno de las sombras; abriéndose paso por debajo de la luz… Llegar , correr. Caminar al lado de los que caminan, sin tiempo para reponerse del vértigo. Con el pelo despeinado y tiznada la cara.

·Los vagones oscilaron sobre sus rechinates articulaciones. Una ráfaga de brisa marina provenía de su interior, Y el aroma de los juncos de la ribera.

·La locomotora –de pronto- abrió fuego; infinitos quejidos emergieron de sus numerosas entrañas; y una densa expiración que difuminó –por algunos instantes- el andén y a un solitario ocupante.

·Él, emitiendo –también- una especie de bufido se adelantó, resuelto, vadeando la humareda y el ruido, y trepó por una de las escalerillas

·Un pitazo breve – como una sílaba- le comunicó que la vida continuaba. Que todo era progreso y dilatación. Que, más allá, la espuma y los relámpagos aguardaban; y los rostros fragmentarios, los mercados las tierras vírgenes. ( Que todo continuaba ). Que la civilización o la montaña esperaban –en alguna parte- como una divina revelación .

·Siempre.

Fotos familiares de la autora:

1. Familia Cedeño de la Cruz

2. Luz María de la Cruz, reciibendoel premio Walth Whitman, de manos del poeta Carlos de la Osa.

3. Luz María de la Cruz y el poeta Francisco Escobar Galindo, premios Walth Whitman 1986 junto a la Vice Presidenta de Costa Rica, Victoria Garrón y el Embajador de los Estados Unidos de América


Familia Cedeño de la Cruz

Familia Cedeño de la Cruz

Luz Maria recibiendo el premio Walth Whitman 1986

Luz María recibiendo el premio Walth Whitman 1986

luzmde-lacruz

Biografía de la Escritora Luz María de la Cruz Redón.

Nació en Santiago de Chile en el año 1946. Estudio Filología en la Universidad de Chile y se graduó de licenciada en Filología Española en la Universidad de Costa Rica.

Reside en Costa Rica desde el año 1973. País en el cual hizo la publicación de los libros “Pequeños hombres y relatos de fin de siglo”,1983.” Profesión de Fe”, 1987, Editorial Costa Rica. “Desnudos”, 1999, EUNED. “Nocturno”, 2004, EUNED.

Casó con Rogelio Cedeño Castro, sociologo costarricense, catedrático de la Universidad Nacional ;con  quien tuvo y creó dos hijos, un varón y una niña.

Fue galardonada con el premio Walt Whitman para Centroamérica y el Caribe, en los años 1983, 1984 y 1986.  En el año 1986, año en el cual fue distinguida con el premio en “cuento”, compartieron el premio de poesía el salvadoreño Francisco Escobar  y el costarricense Laureno Albán, dos escritores de conocida trayectoria ya entonces.

Comentando su libro “Desnudos” la escritora Myriam Bustos dijo lo siguiente: ” Son muchos quienes afirmn -y con mucha razón- que entre el cuento y el poemahay una consaguinidad fácilmente demostrable. Se ha dicho, incluso que el poema y el cuento son los textos más difíciles de escribir. Durante toda la lectura de este libro, el lector sensible encuentra comprobaciones abundantes de que el aspecto más notable de su estructura literaria es el lenguaje. Precisamente por este es que , pese a hallarse inmerso (quien lee) en algo que es , a no dudarlo , un relato, se siente uno navegando placenteramente en aguas poéticas.

Murió en San José Costa Rica en el año 2008.

OTRA AUTURA COSTARRICENSE DE ORIGEN CHILENO

LUZ MARÍA DE LA CRUZ REDON
(1946-2008)

Por Jm Abreu

Nació en Santiago, Chile, en 1946, pero desde 1973 se radicó en Costa Rica, donde se nacionalizó, echó raíces con esposo y descendientes ticos, y publicó la casi totalidad de su corta pero muy significativa obra literaria. Falleció en agosto del año 2008. Realizó sus estudios primarios en el Instituto Camilo Henriquez, y los secundarios en el Liceo de Niñas Nro. 4. Inició sus estudios universitarios en la escuela de Filosofía y Letras de la U. de Chile y completó su Licenciatura en Filología Española en la UCR. Desarrolló destacada labor docente y de difusión cultural en diferentes instituciones, tanto de Chile como de Costa Rica, en donde enseñó en el Seminario Central de Costa Rica y en el Liceo Mauro Fernández, de San José.
Desde 1968 incursiona en la literatura con su cuento “Métete en su jaula y no lamentes nada”, publicado en Chile; pero es en Costa Rica en donde se da a conocer como cuentista 1983, al ganar con su libro Relatos de fin de siglo el Premio Walt Whitman, otorgado por la Fundación Fulbright y el Centro Cultural Costarricense Norteamericano. Este premio lo volvería a ganar en 1984, con su libro de cuentos Pequeños hombres, y en 1986 obtendría por tercera vez el mismo galardón con su obra Profesión de Fe. Posteriormente publicará sus últimas obras: Desnudos, año 2000, y Nocturno, año 2004.
SUS PUBLICACIONES
1. Pequeños hombre y relatos de fin de siglo. Editorial Costa Rica, San José. 1985. Se imprimió en la Imprenta Nacional. Un tiraje de 2.000 ejemplares. Diseño de la portada de Jaime Castro y Rodolfo Moreno.
Pequeños hombres contiene los siguientes relatos:
“Knu, el malo”, “Irresistible”, “Leyenda de cal”, “Donante”, “Pequeño hombre”.
Relatos de fin de siglo contiene: “Zodiaco” ,“Génesis””Vicarios”, “Los hermanos de Crio o Una historia de amor”.
2. Profesión de fe. Mesén Editores, San José, 1988. Con prólogo de Gastón Gaínza,
Contiene los relatos siguientes:
“La tercera solución”, “Autocontrol”, “La fábula”, “Profesión de fe”, “El cóndor pasa”, “Negra”, “Un problema de moral”, “En la China imperial”, “Obituario”, “El bárbaro” (Primero-Hombre).

3. Desnudos. Editorial Universidad Estadal A Distancia. 2002. Imprenta y Litografía García Hermanos SA. Prólogo de Myriam BustosArratia, e ilustraciones a todo color de Gerardo González. Se imprimieron 500 ejemplares.
Contiene los siguientes relatos:
“La Traviata”, “La visita”, “Desnudos”, “Bodas de Oro”, Los inmortales”, “Sí”, “Distinto”, “La entrevista”, “la tía”, “A mi manera”.
4. “Nocturno”. Editorial de la Universidad Estadal A Distancia. 2004. Talleres de Impresora Tica, SA. Con prólogo de la misma autora. Diseño de la portada Georgina García Herrera. Se imprimieron 1000 ejemplares.

COMENTARIOS
Marta E. Delgado Salazar, en una nota publicada en el Semanario Universidad, a pocos días del fallecimiento de Luz María, dice lo siguiente:
“Irreverente, con una capacidad creadora y una inteligencia excepcionales, Luz María se aferró a las letras, y desde ahí, supo enhebrar poesías y cuentos fantásticos, donde los personajes casi siempre son portavoces de espacios y de tiempos indefinibles, pues desde su vitalidad como creadora, y su imposibilidad física para trasladarse, ella enarboló entonces, tiempos y espacios autónomos, donde manejaba a su antojo los acontecimientos, los cuales no dependían de las condiciones convencionales para el vivir, sino de la circunstancia misma del existir.
En esa jugarreta cálida y ese desquite simbólico, la narradora nos muestra ese mundo subterráneo que habita en todo aquel que escribe, y en su caso particular, ese mundo se nutre de la ironía y de la nostalgia, del ingenio y de la desesperanza, del recuerdo y del olvido, de la fuerza y del valor.

Lo ilustra este extracto del libro Desnudos, del cuento “A mi manera”: “… Él no sabía -muy pocos parecen saberlo- que la sustancia de los días se compone de metas ideales y cumbres. Su sino: la caída constante, el desarraigo, el amargo licor de la incredulidad. No obstante bañaba y alimentaba hijos; sembró y cavó acueductos en el fondo de su patio…”
Así, Luz María de la Cruz, sembró y cavó relatos que se quedan para siempre con nosotros”.

En el prólogo, casi estudio, de ese mismo libro Desnudos, su compatriota y viandante en el mismo camino de la vida, Myriam BustosArratia, la presenta de esta manera: “A quien no conoce a Luz María de la Cruz como escritora o a quien ve su nombre escrito por primera vez como autora de un libro, hay queponelo sobre aviso: ella no es una principiante en los avatares literarios; ni tan poco alguien que sólo ha aprobado los primeros de los abundantes créditos que impone la “graduación como escritora”. Nada de eso: ella tiene ya tres libros publicados en este su país de adopción, y todos galardonados – cuando aún se hallaban inéditos – con el premio WaltWhitman, para Centroamérica y El Caribe, que años ha (en su caso, 1983, 1984 y 1986) concedía el Centro Cultural Costarricense Norteamericano, en poesía y narrativa breve”.
Y apunta una valoración estética de la obra de Luz María de la Cruz señalando que “…para calibrar la poeticidad del lenguaje con que la autora desarrolló estas historias, sería imprescindible contar con un “instrumental” de análisis que yo no poseo”, y limita sus palabras introductorias, dice, a “…dejar planteado el asunto y a reproducir, sin comentarios algunos fragmentos que dan buena cuenta de la clase de tela con que se urdieron estos relatos en que la figuralidad está a la vista”.
No hay dudas, afirma Myriam Bustos, “…de que esta escritora – con su lenguaje y por medio de la organización que confiere a los “datos” constitutivos de cada texto – despierta una emoción en el lector. Pero esta no es la emoción entendida como una simple conmoción del ánimo: se trata contrariamente, de la que Maritain (La Poesía y el arte) denominó “emoción formal”, que es una respuesta esencialmente ligada a la palabra y al ritmo y, por lo tanto, provocada por la poesía. Esa poesía que transita delicadamente en cada una de las joyas extrañas – hechas de piedras negras- que son los relatos…” de Luz María de la Cruz.
Son relatos parecidos a la vida misma, con escasas anécdotas y pocos diálogos, pero con muchos detalles referentes a los distintos escenarios en que se mueven sus personajes. Relatos escritos con un lenguaje excepcional, no despojado, como lo afirma la misma Luz María, de cierto tipo de romanticismo, y con originalidad de estilo, no muy frecuentes, en mi osada opinión, en la narrativa costarricense, especialmente la escrita por mujeres; relatos que no desmerecen en nada ante la obra de escritoras más reconocidas en hispanoamérica.

Comments
4 Responses to “Luz María de la Cruz Redón:Nocturno,sus mejores páginas.”
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