Colegio Seminario

1) Colegio Seminario 1959: Cincuenta y un aniversario.

2) Recuerdos de un seminarista egresado en el año 1956.

Mis recuerdos del Colegio Seminario.

Ingresé en el año 1958. Había pasado por una traumática experiencia en el Saint Francis College en mis tres primeros años de enseñanaza secundaria.Un ambiente militar, dirigido por frailes franciscanos de los Estados Unidos que despreciaban absolutamante no sólo la cultura nacional sino a los nacionales.

Al ingresar al Semianario sentí inmediatamante el cambio maravilloso de sentirse apreciado y respetado, por los cultos paulinos alemanes, quienes con una amplitud cultural envidiable eran conocedores de la idiosioncracia de los muchachos costarricenses.

El ambiente creado por esta filosofía educativa tan madura, era tan favorable a la satisfacción y bienestar del estudiante, que se manifestaba en su propia significación como responsable único y absoluto de su desarrollo intelectual.Así encontré un ambiente de seriedad que nos llevaba a leer nuestras propias escogencias, con interés supremo, conducido a la conversación y discusión de temas humanos y sociales profundos. De esa manera los calles y los parques de San José fueron testigos de noches enteras de coloquio, de aquellos jovencitos estudiantes, que en aquel momento pretendíamos  saberlo todo y resolverlo todo.

En las clases del seminario recuerdo con gratitud las enriquecedoras discusiones filosóficas con don Paco Lobo, nuestro profesor de Castellano, español diríamos hoy, cuando leíamos las obras clásicas universales y españolas. La que más recuerdo:El Condenado por Desconfiado, la Vida es Sueño, El Alcade de Salamea y don Juan Tenorio- Así como las tragedias griega de Esquilo, Sófocles y Eurípides. También las sátiras de Aristófanes.

Tambien y quizás en mayor medida, nos marcó intelectualmente,la clase magistral de religión que nos impártió el fraile paulino proveniente de los Países Bajos, Holanda, don Antonio Van Baquel, quien se adelantó a la reforma que se quizo dar a partir del Concilio Vaticano Segundo, pocos años después.

Tuvimos también un cuerpo de profesores jóvenes, estudiantes o recien graduados universitarios que nos introdujeron al estudio de la ciencias fisicas y químicas. Y como no recordar a nuestro muy apreciado profesor de biología con su interesante laboratorio: don Joaquín Leitón a quien apodábamos Quincho, con su tupido bigote.

El recien estrenado edificio que habitábamos era bastante sencillo, pero muy cómodo y acogedor, disfrutábamos mucho de su plaza de futból y de su canchita de basquetbol. Todavía no se había construido el gimnacio ni la piscina.

El ambiente de libertad creaba a veces problemas de disciplina, algarabías y hasta pleitos en los amplios corredores. De quien sabe donde y con presteza,aparecían los aparentemente ausentes “padres religiosos” e intervenían con propiedad y con un par de manazos bien pegados corregían los desatinos juveniles de los estudiantes revoltosos. Después de ahí nada más sucedía.

Recuerdo un día en que un compañero de clase juntó un pan sucio de los que se caían al suelo cuando repartían pan en las mañanas y con gran gracia se lo metió en la boca a un pequeño estudiante de primer año. Pocos minutos después apáreció el padre Kulmann y lo llamó con su largo brazo, cuando él se acercó le pidió juntar todos los pedazos de pan sucio que se encontraban a su alrededor, cuando él los trajo le dijo: “ahora si cómetelos”.

1) Recordando los compañeros fallecidos.

El Grupo B de la graduación de 1959, festejó el cincuentenario en el año 2009.

Hoy un año después, hago memoria de aquellos compañeros que ya no están con nosotros físicamente, pero que viven aún en  nuestra memoria.

Algunos disfrutaron total o parcialmente de nuestro festejo, otros murieron con anterioridad.

Franklin Bernal Vega Calvo y Carlos Amador Moreira disfrutaron alegremente los convivios que realizamos para nuestro cincuentenario. Luis Enrique Jiménez Raventós sólo pudo asistir a la primera fiesta, pero también la disfrutó a lo grande.

La lista completa de los compañeros fallecidos es la siguiente:

Alvaro Vargas Marín.

Estadístico, nacido el 19 de febrero de 1942, hijo de domingo Vargas Alvarado y de María Delia Marín. Murió el 4 de mayo de 1980 a los 38 años.

Carlos Alberto Fonseca Ugalde

Ingeniero civil, nacido el 20 de mayo de 1942, hijo de Carlos Fonseca Lizano y de Betty Ugalde Corrales. Casó el 1 de abril de 1967 con Ana Teresa Arguedas Retana. Murió el 20 de mayo de 1991 a los 48 años.

Jorge Antonio Rodríguez Espinosa

Ingeniero Agrónomo, nacido el 21 de abril de 1942, hijo de Roberto Rodríguez Ramírez y de Carmen Espinoza Cantón. Casó el 18 de julio de 1970 con Lilliana Sánchez Cahves. Murió el 26 de octubre de 1986 a los 44 años.

Humberto López Núñez

Doctor en Medicina, nacido el 14 de octubre de 1942, hijo de Juan Rafael López Bonilla y de Elisa Núñez Rodríguez. Casó el 6 de diciembre de 1980 con Melba Blanco Arce. Murió el 16 de septiembre de 1995 a los 53 años.

Mario José Barrenechea Troyo.

Doctor en microbiología. Nació 28 de mayo de 1941, hijo de Mario Barreneche Sanz y de Rita Troyo Jurado. Casó primero con Ana Isabel Soto Quirós el24 de julio de 1965 y en segundas nupcias con Victoria Eugenia Villegas Quesada el 28 de enero de 1983. Murió el 31 de octubre de 1999 a los 58 años.

Carlos Antonio Ruiz Melendez

Ingeniero agrónomo. Nació el 14 de julio de 1942, hijo de Federico Ruíz Fernández y de Marta Meléndez Lizano. Casó con Margarita Salazar Zumbado el 24 de junio de 1972. Murió el 22 de septiembre de 2008 a los 66 años.

Luis Enrique Jiménez Raventós

Contador Público. Nació el 18 de julio de 1942, hijo de Luis Jiménez Brenes y de Julieta Raventós Coll. Casó primero con Hilda María Carboni Malavassi el 14 de diciembre de 1963. Luego con Ginnette Guadamuz Chaves el 11 de septiembre de 1986 y en terceras nupcias con María Mendosa Duarte, el 16 de febrero de 1996. Murió el 30 de noviembre de 2009 a los 67 años.

Carlos Alejandro Amador Moreira

Publicista. Nació el 9 de octubre de 1942, hijo de Carlos Amador Sánchez y de Nidy Moreira Morales. Casó el 31 de febrero de 1973 con María Teresa Luna Guerra. Murió el 9 de febrero de 2010 a los 67 años.

Franklin Bernal Vega Calvo

Ingeniero civil. Nació el 29 de diciembre de 1941, hijo de Franklin Vega y de María Eugenia Calvo. Casó el 12 de marzo de 1986 con Elizabeth María Vásquez López. Murio el 16 de abril de 2010 a los 68 años.

Todos profesionales serios y responsables, de una honestidad a toda prueba, supieron cumplir con sus deberes y responsabilidades durante toda su vida laboral, trabajando con las empresas públicas la mayoría de ellos y algunos con la empresa privada. Dejaron a sus familias el orgullo y el ejemplo del deber cumplido y de una labor inmaculada.

2. Recuerdos de un seminarista.

Recuerdos del viejo Colegio Seminario

Hugo Mora Poltronieri

 

Motivación:

 

          Escribo todo lo que sigue de manera espontánea. Nadie me lo ha pedido. Pero siento que, con el paso de los años, no está de más fijar en blanco y negro algunas remembranzas de tiempos queridos ya idos, cuando pasados no veinte –como querría el viejo tango- sino cincuenta, que son muchos, conviene apresurarnos en ciertos quehaceres impostergables si no queremos que la Parca se adelante con su tijeretazo mortal.

El próximo 19 de diciembre se  cumplirán cincuenta años de nuestra salida, como egresados o bachilleres, del Colegio Seminario. Concluía así un lustro, de 1952 a 1956, a  través del cual una sesentena de alocados e inexpertos muchachillos absorbimos  saberes variados y vivimos experiencias de todo tipo, para salir luego al mundo a recorrer caminos no transitados hasta entonces, que nos llevaron a destinos iguales o diferentes, pero siempre marcados por la impronta de esos años adolescentes pasados en la prestigiosa y nunca olvidada casa de enseñanza.

Cincuenta años después, un 17 de noviembre del 2006, esos mismos ex compañeros de ayer y amigos de siempre, volveremos a reunirnos al abrigo de las paredes del no tan nuevo plantel en el barrio Naciones Unidas, que sí era nuevo en 1956, pues fue en julio de este año cuando el colegio dejó el viejo edificio atrás de la Catedral Metropolitana de San José para asentarse en su nueva sede recientemente terminada. Por consiguiente, fue a esta generación 1956 del colegio a la que correspondió el honor de ser la primera que egresó y se bachilleró en el apenas estrenado recinto. Que quede constancia de esto, pues en la actual página web del colegio (http://www.colegioseminario.net/historia.html/), se afirma otra cosa sin ninguna base y no obstante haberse pedido varias veces hacer la rectificación.

Los recuerdos que aquí se consignan se refieren, mayoritariamente, al viejo colegio, aquel en el corazón de San José y más en el nuestro, abatido por la piqueta a poco de nuestra salida como tantos otros edificios notables, que hacían de San José una ciudad habitable y estéticamente muy diferente de lo que hoy es. (“¡Qué descansada vida la del que huye del mundanal ruido…!)

Pero entremos ya en materia y dejemos que comiencen a fluir los recuerdos de aquello que motiva estas páginas.

Bajando por la avenida Central:

La primera vez en mi vida que supe del Colegio Seminario fue porque aún muy niño, estando cerca de mi escuela, la Buenaventura Corrales,  vi esta extraña inscripción en una pared:  Semina▐ rio. Intrigado, pues las dos palabras no tenían para mí sentido alguno, pregunté a mi papá. Él mi hizo ver que era una sola palabra, pero que había sido dividida en dos simplemente por la columna metida de por medio. A poco él me explicó de qué se trataba y que, escrito ahí, seguramente aludía al equipo de baloncesto, que por aquellos tiempos ya era reconocido como el mejor en ese deporte.

Con el paso de los años, ya yo me había olvidado del asunto. Pero cuatro o cinco años más tarde, finalizando entonces el sexto grado, mi papá me dijo que el año entrante (1952)  ingresaría en el Colegio Seminario.

En los primeros tiempos, dado que vivía en el barrio La California con una tía, mi camino al colegio me llevaba a lo largo de la avenida Central. Años más tarde, porque la casa de mis papás estaba en el barrio Aranjuez, mi recorrido me hacía bordear el parque Bolívar y llegar hasta la avenida Central, justo por la esquina del Petit Trianón. Porque vale la pena recordar cómo era el tramo primeramente recorrido, lo haré aquí brevemente: lo iniciaba casi donde coinciden la avenida Central con la calle 23, esa calle que sube hacia el norte frente al actual cine Magaly, atraviesa la línea del tren y sube hasta el llamado puente de los Incurables y hacia Guadalupe. Continuando desde esa intersección con la calle 23, pasaba por la botica La Primavera, dejaba la  Escuela Lincoln y el Colegio de Sión a la derecha, cruzaba la calle que venía del parque Nacional y me encontraba, a la izquierda, con el costado norte del  viejo Cuartel Bellavista ya convertido en el Museo Nacional, en donde eran muy evidentes los agujeros causados durante el fallido  golpe de Estado, conocido popularmente como el “Cardonazo” (para otros, el “Cabronazo”). A todo esto, desde la salida de mi casa tendría siempre a mi diestra, como paralela fidelísima, a la vía del viejo y pintoresco tranvía, resabio de una red más amplia que, no mucho antes, abarcaba buena parte de la San José de entonces, con derivaciones hasta Guadalupe y San Pedro; esta última sección era la que partía desde el actual Muñoz y Nanne hasta la boca de la Sabana. Pero -¡ay!-  ya en alguna mente calenturienta se incubaba la idea del San Josè Imposible que ahora vivimos, y no pasarían muchos meses sin que a esa última vía se la tragara el asfalto de un progreso mal entendido.

Pero me he desviado:   en la acera opuesta, se erguía majestuoso el Castillo Azul y, colindando con él, algo que entonces semejaba una ruina, pero que era tan solo el proyecto a medio hacer (de lo cual hoy sobran ejemplos) de lo que sería el edificio de la Asamblea Legislativa. A partir de aquí, el panorama era bastante diferente de lo que es ahora, no solo por el cambio en la topografía: empezaba la cuesta de Moras, cuyo nivel estaba entonces a mayor altura que las casas a uno y otro lado. La vía del tranvía corría a la izquierda y una estrecha acera se extendía entre dicha vía y un muro bajo, por encima del cual se observaban, abajo, las construcciones y solares adyacentes. A la derecha se situaba la calle propiamente dicha, repitiéndose lo dicho anteriormente para acera y muro. De las construcciones a uno y otro lado, recuerdo a la izquierda el salón de belleza La Olga, después del cual había un gran solar abierto; a la derecha, desde el comienzo de la cuesta, se podía contemplar una buena cantidad de casitas pequeñas, la mayoría pintadas de blanco  o encaladas y, si no yerro, de adobe o bahareque. Más o menos hacia la mitad del trayecto, a ambos lados existían unas escaleras que comunicaban ambos niveles. Ya llegando al final, a los dos lados surgían varios comercios: de ellos, el único que viene a mi memoria es uno llamado Indiana Coffee, por la singularidad de que el aromático producto podía olerse a la distancia, además de su llamativa insignia: la cabeza emplumada de un indio.

Desde allí hasta la Librería López (100 m al norte del Teatro Nacional), los edificios cuyo recuerdo viene a mi mente son: el eterno Chelles, el Teatro América, el restaurante Balcón de Europa, la soda La Garza, la botica Mariano Jiménez y, a su frente el famoso Petit Trianón (famoso porque allí se apostaban los “glostoras”, tan mentados durante la guerra civil de 1948), y seguía el bazar La Casa. Doblando a la izquierda por la librería, lo único mencionable por su arquitectura, y ya también desaparecido, era un elegante bar junto a la boletería del Teatro Nacional que se llamaba el Patio Español (¿o Andaluz?). En diagonal al mencionado teatro y al otro lado de la avenida segunda, existía aún el pulcro edificio de la Escuela de Pedagogía (resto honroso de la extinta Universidad de Santo Tomás) y, a su costado este,  la Tributación Directa, en una vieja casa de un solo piso. De allí al colegio, había solo 100 metros hacia el sur; y lo único notable era, pocos metros antes de llegar a la esquina y al costado este del Seminario, una casa de dos pisos, metida, y con una arquitectura notable. Lo suficiente para ser catalogada por algunos “cerebros” como candidata a la demolición, lo que no tardó en ocurrir, como con muchos de los edificios aquí mencionados, incluido, desde luego, el viejo Seminario, convertido hoy día de templo del saber en vil parqueo.

Capilla del Seminario

 

El viejo colegio y su primera planta:

Y así llegaba al colegio, cuya entrada principal estaba a pocos metros de la esquina, sobre la avenida 4. El colegio ocupaba gran parte de la cuadra; tenía otra entrada secundaria por el costado oeste, pero no accesible a los estudiantes ni al público, usada sobre todo para el ingreso y salida de bienes, así como para otros menesteres igualmente prosaicos. Esta entrada comunicaba con secciones más bien privadas (la cocina y el dormitorio de los internos y de algún personal del colegio). Hacia la avenida segunda, el colegio limitaba en parte con las instalaciones de la Radio FIDES. Al mismo costado oeste y con entrada propia sobre la avenida 4, pero también con  comunicación interna con el colegio, se hallaba la capilla, cuyo interior es recordado con nostalgia por los amantes del arte.

Ubiquémonos ahora al frente del colegio, una construcción de dos plantas, de sólido ladrillo en sus paredes y vetustas maderas y mosaico en el resto. Una vieja fotografía de Manuel Gómez Miralles nos lo muestra como una construcción formada en realidad por dos edificios, ocupando todo el espacio de la cuadra sobre la avenida 4, entre las calles 1 y 3. El edificio de la derecha, más bajo que el otro y pintado de blanco, presentaba su única puerta a un nivel más elevado que la avenida, enmarcada aquella en un gracioso arco, sobre el cual se situaba un ventana y, coronando el conjunto, un frontón muy bien logrado. A diestra y siniestra de este conjunto, y en ambas plantas, cuatro grandes ventanas completaban la imponente fachada: las de arriba, además de la ubicada al centro, ornadas con balcones de hierro forjado; las de abajo, lo mismo, salvo por carecer de balcones.

El edificio de la izquierda difería bastante, arquitectónicamente, del  primero. Es evidente que sustituyó, en algún momento, a otro edificio muy similar en su fachada al primero (lo que se puede comprobar con otra foto tomada en 1906 por autor desconocido). Era un edificio más alto, todo de ladrillo sin recubrir, con diez grandes ventanas en cada piso,  cuya parte final ocupaba la fachada de la capilla, coronada con un frontón en cuyo centro se destacaba una ventana circular. Debajo del frontón y, más abajo, la puerta, con otro pequeño frontón, completaba este agradable conjunto.

A la puerta principal se ascendía por unos pocos escalones. A la derecha, una ventanilla, detrás de la cual laboraba un viejo relojero que hacía también las veces de cancerbero. Era conocido con el mote de “Válvula” y, según Rodolfo Mora Chaves, el nombre le caía de perlas pues solo se podía ingresar cuando el malhumorado portero accionaba un artilugio ruidoso que operaba con una válvula. Sobrepasado tal obstáculo, se ingresaba en una pequeña pieza en donde se guardaban las bicicletas y -¡gran novedad!- las bicimotos que algunos pocos afortunados estudiantes poseían, para envidia  de los otros. Inmediatamente se topaba uno con otra puerta libre de cancerberos y otras pestes, que se abría a un amplio patio con sus pasillos, alrededor del cual se distribuían aulas y otras dependencias. No más dados los primeros pasos después de la puerta, se encontraba uno con dos escaleras a derecha e izquierda, las cuales llevaban al segundo piso del edificio.

Pero quedémonos por ahora en la primera planta. Al ingresar por la puerta, si tomábamos por la derecha, nos encontrábamos unos metros después con otra puerta que escondía un laboratorio de ciencias, poco o nada usado por entonces. Girando hacia la izquierda por el corredor, en lo que era el costado este del edificio, aparecían sucesivamente las aulas de los dos segundos años (por entonces, solo había dos secciones por nivel). Girando otra vez a la izquierda, había una puerta que permitía el acceso a una pieza pequeña y oscura, por cuyo muro oriental un vano o hueco llevaba al aula del Iº A. Regresando al pasillo y sobre el costado norte, estaba el aula correspondiente al Iº B y, un poco más allá, otra pieza grande en donde se guardaban también vehículos de dos ruedas. En la conjunción del costado norte con el oeste, se ubicaba la diminuta soda de don Eliseo, siempre muy frecuentada en los recreos, en donde ya desde entonces se consumía la misma comida chatarra que aún comen escolares y colegiales, tan dañina pero a la vez tan tentadora. En el corredor del oeste, había la amplia ventana de una enorme sala llamada el Estudio.

Al terminar el corredor oeste y girar a la derecha, se encontraba uno con la puerta del Estudio, en donde los alumnos internos y semiinternos teníamos un pupitre con candado que contenía los libros, los cuadernos y otros útiles propios del proceso de enseñanza y aprendizaje. Allí, entre las 12 y la 1 de la tarde y luego, entre las 4 y las 5 de la tarde, esos mismos estudiantes debíamos ocuparnos con el estudio y las tareas, bajo la vigilancia de uno de los curas: este, sentado en un alto estrado adelante o bien, circulando con un libro de oraciones entre las filas, estaba siempre atento a que se mantuviera la disciplina necesaria, incluso jalando orejas o disparando bofetones, según el caso. Enfrente de la puerta de este salón, había otra pieza, de cuyo uso no estoy seguro, aunque creo que su empleo estaba también relacionado con las (moto)bicicletas de los estudiantes. Al terminar este corredor,  ascendiendo unos pocos escalones, se encontraba uno con otro: tornando a siniestra, una escalera lo llevaba  al segundo piso; a diestra o continuando de frente, se ingresaba en un corredor que rodeaba el otro gran patio del colegio.

Al centro del patio, la cancha de basquetbol. Los corredores al sur y al oeste, con sus caños y sus postes para sostener el techo, eran idóneos para un tipo de juego muy popular, llamado simplemente caño. Este se jugaba en parejas o individualmente, haciendo golpear con la mano una bola de tenis contra la pared y procurando hacerla caer en el caño o pegarla en un poste dentro de la “cancha”, en cuyo caso se ganaba un tanto.

El corredor del norte, más amplio, era convertido en los recreos grandes u horas libres en otra “cancha” más, para el deporte tico por excelencia, el futbol.  Se jugaba tipo “mejenga”, usualmente entre dos secciones del mismo nivel, con bola de tenis. Las metas se colocaban en los extremos este y oeste. Los capitanes –en nuestro nivel- no podían ser otros que dos verdaderos ases:  Luis F. Vargas (“Papota”), por el A, y “Patada” González, por el B.

Dicho sea de paso: para tristeza de futbolistas y “cañistas”, el nuevo edificio no ofrecería ninguna facilidad para su práctica, aunque sí para el deporte rey y el fútbol de cancha verde (no habría ni piscina ni gimnasio por mucho tiempo).

Porque, la verdad, el deporte rey en el colegio no podía ser otro que el que le daba tanta fama nacional e internacional: el basquetbol. De hecho, el colegio era, desde tiempo atrás, un semillero constante de jugadores de primera clase. Con frecuencia se realizaban torneos con equipos foráneos y esos días eran de verdadera fiesta para todos. El alma del deporte de los aros  no era otro que  el popular Padre Löffelholz, “Palefin”, nuestro profesor de Historia; y en nuestra sección, el A, su máximo exponente era Juan Fco. Montealegre, “Panti”, un jugador fino y cerebral. No se le quedaba atrás, en el B, José Ma. Borbón Arias, acucioso y certero en el enceste.

La descripción del primer piso no sería completa sin mencionar que, a los extremos de la improvisada cancha de futbol, se situaban: al oeste, un gran portón de madera que comunicaba con la salida occidental ya mencionada, pero también con algunas áreas privadas, como se mencionó un poco atrás. Al otro extremo, estaba una larga pila con tubos para el agua potable; luego, en sentido oeste y a la derecha, los servicios sanitarios, una puerta que era el acceso usual para los internos hacia sus dormitorios y, continuando al oeste, otra puerta por la que se entraba al comedor.  Si se traspasaba la puerta trasanterior, se encontraba uno con algunos baños situados a la derecha y, más adelante, dependencias como la cocina, los dormitorios mencionados, así como los del P. Lennartz y los hermanos a cargo de labores no docentes. En lo que se refiere al costado sur del patio, casi hacia el centro del corredor se distinguía una puerta por la cual se ingresaba a un gran salón, con un piano cerca de la entrada,  usado tal salón más que todo en ocasiones especiales, como los actos públicos de final del curso o las noches de cine, de los miércoles.

La segunda planta del colegio:

Colegio Seminario

En cuanto al segundo piso, si retrocedíamos al primer patio mencionado, el de la doble escalera y subíamos  por la de la derecha,  nos encontrábamos con un corredor de baranda metálica que se extendía por los cuatro costados del piso y, viendo hacia la izquierda, con el aula ocupada por el IVº B; a continuación, la sede de la Dirección y la Secretaría y otra aula, la del IVº A. Por el costado este veríamos, sucesivamente, las habitaciones de “Palefin” y del P. Kullmann, este último, por entonces,  Director del colegio. Girando hacia la izquierda, en lo que sería el costado norte, aparecerían las aulas de los dos quintos años y, torciendo hacia el costado oeste, una pared a cuyo extremo se abriría un pasillo hacia otras dependencias. A la izquierda del pasillo se encontraba la oficina del P. Scheufgen (a la tica, “Choifen”), el viejo cura encargado de la contabilidad, una persona de suave palabra y gran amabilidad.  Al final del pasadizo y, a la izquierda, una escalera que venía desde el segundo patio; a la derecha, unos escalones conducían a una especie de tercer piso, con un pasillo siempre oscuro hacia la izquierda, en donde se hallaban varias piezas, algunas con ventanas hacia el segundo patio. Una de estas piezas era ocupada por el P. Zingsheim (simplemente, “Zinsan”); en otra había un aula en la que recibimos las lecciones de Física, estando en IVº año, con un profesor de apellido Redondo, al  que nos referíamos en confianza como “Angustias”. Volviendo atrás, bajando los escalones, inmediatamene a la derecha y a un nivel ligeramente inferior, algo así como un entrepiso,  había una serie de escalones de madera que llevaban hacia una puerta, orientada hacia el norte: en la pequeña pieza a que daba acceso dicha puerta había una  biblioteca. En ella, de tanto en tanto, los grupos eran llevados por don Paco Lobo, nuestro profesor de Castellano, para consagrarnos a la lectura (ideal no siempre logrado por causa de algunos bromistas presentes en todo grupo). Este recinto también tenía ventanas hacia el patio central.

Al salir de esta pequeña pieza, caminando en dirección a la escalera que ascendía desde el segundo patio, pero sin bajar, si se tomaba a la derecha se hallaba uno ante un largo corredor, paralelo al costado sur del patio, por el cual se llegaba a las aulas de dos secciones: IIIº A y IIIº B. Estas aulas, como se comprenderá, tenían ventanas con vistas hacia la avenida más próxima, la cuarta.  No estoy seguro de si al extremos del corredor había una comunicación que llevaba al coro de la capilla.

Los profesores:

Hasta aquí lo que podríamos denominar descripción de la planta física del viejo colegio. Pero, ¿qué podría decirse en cuanto a la atmósfera humana que se respiraba en la institución? En los próximos párrafos se intentará retrotraerla para los lectores, intentando hacerlo de la manera más objetiva, aunque con las limitaciones propias de quien escribe sin tener la posibilidad (al menos por ahora) de confrontarlas con las propias de otros compañeros, igualmente presentes en aquellas circunstancias.

¿Qué decir del personal?  El P. Kullmann, el director, muy bien descrito por Guido Sáenz en su libro Piedra azul, personaje inolvidable, de sobrenombre “Tingo”; el P. Lennartz, gran matemático y formidable violinista, arisco pero de gran corazón si se intentaba ganar su amistad; el P. Zingsheim, profesor de Psicología, inspirador, con su pipa de siempre y su mirada escrutadora a quien, en broma, al acercarse a un grupo, se le mencionaba en susurros como “La Ley” y hasta, con gran injusticia pero sin mala intención, “La Gestapo”; el mencionado “Palefin”, de gran barriga, sonrosado y de muy buen humor;  y, en fin, don Mario Moreira, intachable como caballero y secretario en su oficina del segundo piso.

En cuanto a los profesores seglares, aunque fueron muchos y de altos vuelos, trataré de recordar a algunos, empezando desde el nivel inicial, el del primer año, o séptimo, como se empezaría a denominar muchos años después con la nueva nomenclatura.  En primer año, recuerdo a dos de ellos: doña Claudia Cascante de Gómez, profesora de Castellano, posiblemente la primera y única mujer en toda la historia del colegio, hasta entonces; don Ricardo Charpentier, jovencísimo profesor,  quien me  puso en contacto por primera vez con la Física, una ciencia cuyo estudio siempre me atrajo, pero que en años superiores careció de buenos docentes  (excepto en quinto, con don Mario Hoffmeister); don Mario Fernández, excelente profesor de Matemática, con quien perdí el miedo que traía de la escuela hacia esta disciplina al introducirnos con tan buena metodología en el estudio del Álgebra, lo que se complementaba con Geometría; en tercero, recuerdo a don Efraín Rojas, en Historia, ameno en su disciplina y excelente en su trato personal; en cuarto, a Luis Castro y Miguel Casafont, ambos jóvenes abogados encargados de enseñarnos Cívica, lo que hacían con mucha propiedad; y en quinto, a Allan Nicoleyson, de Química, buen profesor, quien también lo había sido en cuarto año. Pero  mis recuerdos más claros van hacia don Francisco Lobo, excelente en Castellano, impresionante cuando su voz airada estremecía los viejos muros de bahareque y ladrillo; don Francisco Rosabal, de Inglés, un señor entrado en años pero con el humor y el entusiasmo de cualquier adolescente, maravilloso en su materia; don Jorge Astúa, de Francés, un hombre de mundo imbuido del espíritu libre y gentil de la dulce Francia, grande como profesor; don Ernesto Vargas Montero, profesor en varios cursos, caballero cumplido y gran amigo, dueño de una paciencia y una bondad a toda prueba; don Federico Carmiol, el profesor más joven, brillante en Matemática, difícil asignatura que él siempre, con su suavidad y constante buen trato, supo hacérnosla asequible y amena; don Joaquín Leitón, profesor de Biología, muy conocedor de su materia, cuyo hablar suave y reposado era motivo de imitaciones muy bien logradas por algunos compañeros con “chispa” y alma de actores; y, en fin, don Guillermo Villalobos, quien nos dio Geografia en tercero, donde combinaba su afición por esos estudios con el beisbol: memorables eran sus “ponchadas” en los exámenes orales: “¡bola uno!”, “¡strike” tres!, “¡out!”, “¡se ponchó!”… (grandes risas entre los “espectadores” y gestos de preocupación e impotencia en el improvisado “bateador”).

 

Los estudiantes:

 

En general, podría decirse que el ambiente que se respiraba en el colegio, en aquellos tiempos era bastante diferente al que se conoce de las instituciones similares actuales, sobre todo de las públicas.  El respeto hacia los profesores –legos o de sotana- era la norma. Estos tenían mucho más libertad de acción que los actuales –sobre todo los curas-, y no era nada raro verse sometidos los estudiantes no solo a regañadas pasadas de tono, sino a pellizcos, jalones de orejas y hasta patadas, sin que los padres de familia o encargados llegaran a las mínimas acciones posibles, como podrían haber sido presentar un reclamo ante la Dirección del colegio u otras autoridades oficiales o eclesiales, mucho menos la tan usual hoy día de recurrir a la ley por abuso de poder contra sus retoños. De hecho, no pocas veces presencié esta violencia extrema por parte de la mayoría de los curas: el caso que más me impresionó fue, estando en primero o segundo, el ver a uno de los curas bajar a patadas, desde una de las escaleras del primer patio, a un estudiante culpable de no sé qué travesura. Que yo sepa, el incidente no llegó a más, salvo para el estudiante con sus posaderas bendecidas de tal manera…

Los estudiantes, excepto en aquellos casos en que hubiera una confianza establecida desde años atrás, no nos llamábamos  unos a otros por el nombre. Lo corriente era imitar en eso a nuestros profesores, que se dirigían a nosotros no por el nombre de pila, sino por los apellidos. Aunque, a decir verdad, lo más frecuente era obviar tan largos apelativos recurriendo a algún apodo, algunos puestos de manera muy ingeniosa y otros, inconvenientes de reproducir ahora en blanco y negro. Casi se podría decir que, ya entonces y aun pasados tantos años, cuando recordamos a algún compañero o estudiante de otro nivel, lo primero que se nos viene en mente (y a veces, solo eso) es el sobrenombre. ¿Quién no se acuerda hoy día de apodos como los mencionados párrafos atrás, u otros como “Picuya”, “Chuleta”, “Bombeta”, “Bicho”, “Loquillo”, “Carpincho”, “Pocopelo”, “Polaco”, “Pubi”, “Chileno”…? En fin, la lista es larga y hasta valdría la pena continuarla, porque aun con los límites que imponen la “moral y las buenas costumbres”, este rubro dice mucho acerca del ingenio, el buen humor y la creatividad de quienes se tomaban el trabajo de inventar tales motes, muchas veces como productos de una gran capacidad de observación o de un instinto de “jodarria” incontrolado contra algo o alguien.

Otros recuerdos :

Otros recuerdos que se agolpan en mi mente y que trataré enseguida de manera sucinta, son estos: la “pelada al ras” con que se recibió por bastante tiempo a los novatos del primer año, lo que se prestaba para corridas, enfrentamientos y abusos de todo tipo contra los asustadizos novatillos; los gritos de “¡la tributadora, la tributadora!”, con que algunos estudiantes, desde afuera del puesto de “Válvula”, con las hormonas en plena ebullición, saludaban el paso de una guapísima  jovencita que trabajaba en la cercana Tributación Directa; los desfiles estudiantiles por las calles de San José, con motivo de la celebración de alguna efemérides nacional, siempre en competencia con los estudiantes del Liceo de Costa Rica (una vez, incluso, el colegio “la sacó del estadio”, cuando desfiló con un cuerpo de caballería, nada menos, y con unos uniformes de lujo, en brutal contraste con el sobrio uniforme de siempre, el caqui, con su corbata y cachucha del mismo material); la vez que ingresó un nuevo colegial, toda una novedad, un italianillo de los inmigrantes recién llegados a San Vito de Java y la “polada” de correr en masa hacia él, cerca de la soda, seguramente para ver si era carne y hueso, como nosotros; y tampoco se podrían dejar por fuera las noches de cine, los miércoles, realizadas en el salón de actos, lo mismo que el  sabroso y germanísimo pan integral o también el panqueque.  con que nos obsequiaba el hermano Gregorio, de luenga barba, ya muy anciano, al que llamábamos cariñosamente “Manito”.

Palabras finales:

 

          Estas añoranzas se verían mucho más enriquecidas si se completaran con las contribuciones de otros compañeros. La más simple consiste en comunicarse con el autor de estas líneas para señalarle omisiones imperdonables o correcciones en algunas de las apreciaciones hechas aquí.

Por otra parte, la parte subjetiva, personal, que puede aportar cada uno de los lectores interesados, agregaría más sabor y “pimienta” a la narración. Es claro que hay muchas historias y anécdotas de aquellos tiempos, desconocidas para quien escribe, con las cuales se podría ampliar la perspectiva meramente humana de esa común experiencia.

Todo lo anterior puede transmitirse al autor por cualquier vía de las apuntadas más adelante. La única condición es que lo referido se ajuste a la verdad y que no pueda herir susceptibilidades ajenas. Además, que el autor tenga la libertad suficiente para editarlas y hasta desecharlas, si no cumplieran con lo establecido.

Pensemos, además, que si a todo lo anterior –material escrito- pudiéramos agregar fotografías y otros documentos, aparte de poder contar con el apoyo de algún mecenas surgido de nuestras filas, podríamos hacer una publicación de mayor fuste, aunque solo fuera de circulación limitada entre nosotros.

Finalmente, quiero dedicar estas líneas a todos aquellos queridos ex profesores y ex compañeros que se fueron quedando a lo largo del camino, a quienes tendremos muy presentes en esta extraordinaria celebración.

¡Gracias a la vida por haber llegado hasta aquí!

 

 

 

F I N

Comments
20 Responses to “Colegio Seminario”
  1. Enrique Del Barco Silva dice:

    Don Jorge H. Jimenez Bustamante tu breve recuerdo de nuestros compañeros fallecidos es oportuno para recordar la calidad humana de cada uno de ellos.-
    Me permito sugerir enviar esta informacion a los respectivos familiares, para que la complementen, de acuerdo criterio de cada uno de ellos.
    Atte.- Enrique Del Barco Silva

  2. Gracias por tus memorias, soy de la generación 1986. Muy bueno.

  3. Marybelle dice:

    Os felicito !! Esta pagina esta maravillosa aqui vine a encontrar a un primo hermano mio el ilustre Doctor Mario José Barrenechea.
    Gracias por recordar a los que ya no están con nosotros.

    Marybelle Maria K. B.

  4. Osvaldo Orozco Reina dice:

    Me gusto mucho el recordar los viejos tiempos de Semi, los felicito a todos los que hicieron estas memorias, pero se les olvido invitar a los grupos A y B de1955…Saludos

    Osvaldo Orozco R

  5. Mario Aymerich Blen dice:

    Excelente relato, maxime que en su mayoria los padres alemanes fueron profesores en mi epoca años setentas, asi como Don Paco Lobo, Don Ernesto, Francisco Rosabal, lo felicito

  6. Hugo Mora Poltronieri dice:

    Don Jorge: No tengo el gusto de conocerlo y me presento como el exseminarista autor del artículo que rememora años juveniles en el viejo edificio del Colegio Seminario, destruido, como sabemos, por la implacable piqueta de un progreso mal entendido. Como decíamos en otros tiempos, su reproducción “me salvó la tanda” porque mi archivo digital se esfumó por uno de esos caprichos en que incurre tanto artefacto nacido de la más reciente tecnología. De modo que ya no tendré que volver a copiar el manuscrito en mi computadora, lo que, con la carga de juventud que uno acumula, no es grata faena.
    Me gusta mucho su sitio y lo felicito por dedicar un buen espacio a recordar a los compañeros desaparecidos (algo que ni se tocó en nuestra celebración presencial). Un fuerte abrazo.

    • jorgehjimenez dice:

      Estimado don hugo:

      Disculpe la demora,ahora estoy fuera del pais y no tengo computadora.Tambien las tildes. Su escrito es excelente y su vocacion literaria es notoria. Cualquier trabajo que desee poner en mi blog sera bien venido.

      Un cordial saludo seminarista.

      Aut vincere aut more, Jorge Hernaldo.

      ________________________________

  7. Carlos A. Leandro C dice:

    Estimado don Hugo: no tengo el gusto de conocerlo pero a través de su prolijo relato casi puedo decirle que viví esos años con ustedes, aunque yo particularmente me egresé muchos años después. Sería excelente si más ex alumnos del Seminario se animaran a escribir estas cosas, que de alguna manera son parte de la historia que de otra manera se perdería en el tiempo. A algunos de los profesores mencionados tuve el gusto de conocerlos en persona (algunis incluso fueron profesores míos) y también a algunos de los vicentinos alemanes; yo tuve el privilegio de sentarme al piano con el Padre Kullmann (r.i.p.). Cerca del año 90 se organizó un día del ex alumno, en el cual se trató de contactar generaciones desde el año 1941 en adelante. Esta fue una ardua tarea y en aquel entonces se elaboró un listado de los ex alumnos que se nos han adelantado en el viaje sideral. Lamentablemente ya no vivo en el país pero si regresara algún día, sería una prioridad tratar de organizar un poco el movimiento seminarista. Algunas veces pensamos que los tiempos pasados fueron mejores, quizás por el prejuicio de nuestras propias experiencias, pero lo cierto es que el Seminario sigue siendo ese faro, que con el norte de la Virtud y la Ciencia lleva a la mente humana a alumbrarse de saber y, entender, que las virtudes sublimes se alcanzan, postrándose al pie de la cruz….

    Lo felicito por su artículo, es un grato regalo de historia… Nuestra historia seminarista. Y pinta usted muy bien cada rincón del viejo plantel, que desde 1983 abrió sus puertas a la enseñanza. Gracias de nuevo. Saludos cordiales,

    • Hugo Mora Poltronieri dice:

      Leí con mucho agrado su comentario. El grupo mío (1956) no fue un grupo particularmente unido. De hecho, a la mayoria de los excompañeros los volví a ver de nuevo durante esa celebración. Del seminarista que fui, durante esos años cambié mucho: tanto, que ya no pude acomodarme entre gente que parecía no haber evolucionado con el tiempo y seguía cargada de prejuicios. Pero al colegio, lo que es al colegio y a aquellos tiempos, nunca los he olvidado y siempre los tendré en mi corazón, aunque desde hace mucho tiempo renuncié a toda creencia sobrenatural. Pero me he desviado: estoy de acuerdo con usted en que algunos exalumnos deberían preocuparse por escribir sus relatos y hasta acompañarlos con fotos. A mis manos llegó, por ejemplo, una especie de memoria escrita por un exalumno de los años sesenta, en que se mencionan muchas graduaciones anteriores y posteriores, con abundancia de fotos, con el énfasis puesto en las estrellas deportivas del colegio de todos esos años.

      Me gustaría que alguien se hiciera cargo de un proyecto parecido, con abundancia de anécdotas, fotos y nombres. Al final del cual se produciría un libro que podría hacerse financiar por exalumnos interesados, lo mismo su compra. Desde luego, no se hace chocolate sin cacao. Por lo que el impulso inicial debe partir de encontrar exalumnos de todos los tiempos que se comprometieran a escribir sus propios relatos (quedando bajo la autoridad del editor todo tipo de correcciones al seleccionar los textos que se adapten a la idea original).

      No me ha quedado claro cuál es el año de su graduación. También me gustaría saber por qué termina su artículo refiriéndose al viejo plantel, como el que “…desde 1983 abrió sus puertas a la enseñanza”. Esa fecha no se ajusta ni a la apertura del viejo plantel, ni del nuevo (este último, inaugurado en 1956).

      Pero le aseguro que yo también he disfrutado de su comentario. Me ha hecho recordar al querido Paco Lobo cuando, con su voz tonante recitaba aquello de fray Luis de León que comenzaba así: ¡Qué descansada vida/la del que huye del mundanal ruido,/y sigue la escondida/senda por donde han ido/los pocos sabios que en el mundo han sido!

      • Carlos A. Leandro C dice:

        Disculpe, parece que escribí apuradamente y cometí un error, quise decir el año 1893; creo que ese fue el año de apertura, o 1894? Ayúdeme usted que sabe más de la historia del colegio que yo. Soy ex alumno del año 1985.

        Don Paco Lobo no fue profesor mío, sin embargo sí tuve el gusto de conocerlo por la vía telefónica ya que hablé con él cuando organizamos alguna actividad a la que lo invitamos. sin duda un ilustre y letrado caballero (r.i.p.). De preclarísimas figuras de la enseñanza está plagada la historia del Seminario y sin duda habrá muchos que estarían encantados de tratar de plasmar todo esas memorias de manera documental. Esto sin embargo, no es una empresa fácil y ciertamente como usted dice, requiere cacao…. Y más que cacao, mucho gusto y un grado de talento para culminarlo apropiadamente….. Tengo particular interés en leer ese documento que menciona, por lo que trataré de contactarlo por otro medio.

        Por cierto, sabe usted quién es Pollastro? Alguna vez don Pedro París (r.i.p.) me habló de él pero ahora no recuerdo si era un ex alumno o simplemente un jugador. Ahora que habló de estrellas vino a mi mente este personaje que apenas tengo dibujado como un legendario del baloncesto.

        En aquel día del ex alumno, tuve además la ocasión de conocer a dos egresados de la generación de 1942. Dos señores de unos 70 años en aquel momento. Quedé sumamente impresionado por los comentarios, pero sobre todo por algo que me dijo uno de ellos con una mirada circunspecta: “amigo, nunca deje de querer al Seminario. Nosotros salimos hace 50 años y aún no lo hemos olvidado, porque el tesoro de la juventud que vivimos aquí, sigue siendo en nuestras memorias razón de vivir y luz que alumbra nuestro camino y el de muchos otros que vienen y vendrán después”. Creo que más o menos algo así me dijo pero en esencia eso fue. Pero lo más impactante fue la forma ferviente y vehemente en la que se expresó. Sé que hay muchos que aún tienen, y tenemos, ese sentimiento…

        Como anécdota jocosa de esa celebración que se organizó es que el evento terminó hasta muy altas horas de la noche y con la renuencia de los últimos ex alumnos que por cierto no querían irse y algunos de los organizadores pasamos algunas peripecias para convencerlos de finalmente irse. Pero lo cierto es que tengo entendido que esa fue la última noche que estuvo erigida la famosa cruz del Bario del mismo nombre ya que alguno de esos deambulantes del jolgorio no fue capaz de ver la columna o no tuvo la pericia para conducir adecuadamente y siguió su camino dejando atrás únicamente los escombros….

        Gracias de nuevo por su artículo y por sus gentiles comentarios.

  8. Hugo Mora Poltronieri dice:

    Para Carlos Leandro:
    La fecha 1893 es correcta. A mis manos llegó un viejísimo documento con información relativa a la Iglesia Católica. En él hay una sección dedicada al viejo Colegio Seminario, que trae esa fecha. Si me contacta en tikoguau@gmail.com tendré mucho gusto en enviárselo.
    No sé quién era Pollastro: debe ser alguien muy anterio a mi época; y eso que ya yo cuento con mi buen puño de años. Pero sí recuerdo con mucho aprecio a Pedro París, toda una institución en el colegio. En cuanto a la opinión de ese viejo seminarista que usted menciona, la comparto totalmente.

  9. kredyty dice:

    I wish to show my love for your generosity in support of visitors who require help on the matter. Your special dedication to getting the message all over became exceptionally helpful and have really enabled professionals much like me to get to their pursuits. Your entire interesting report can mean a whole lot to me and even further to my peers. Best wishes; from all of us.

  10. Jorge Lobo dice:

    De esa época estudio en el colegio seminario julio cesar marin lascares. si alguien tiene información de él mucho les agradeceria si me ayudan. soy pofesor de la UCR y estoy realizando una investigación. fue un gran atleta y luego se fue a vivir a los EEUU. mi correo es jorge.lobodipalma@ucr.ac.cr

  11. David Solorzano dice:

    Soy egresado en la generación del 62 y desde esa época salí del país y no he regresado, ni siquiera a pasear a Costa Rica. Me dio gusto darme cuenta que hoy en día el Colegio Seminario es mixto ! Gracias por recordarme a alguna personas importantes del Colegio. Se sabe si habrá otra reunión de exalumnos ? Espero que si y me gustaría darme cuenta de la fecha. Un saludo afectuoso. D Solórzano. (dsolor@gmail.com)

  12. Hugo Mora Poltronieri dice:

    Me sorprende lo poco visitado y comentado de este sitio. Asombroso, sobre todo, siendo tantos los exsemninaristas de las distintas generaciones. Sería muy interesante y grato, para los que atesoramos el pasado, encontrarnos con los recuerdos y puntos de vista de otros que nos precedieron en el tiempo, o después. Mi generación es la de 1956, la primera que pasó casi todos los cinco años en el viejo plantel cercano al Teatro Nacional, excepto a partir de julio de ese año, cuando se trasladó todo el colegio al nuevo plantel en Naciones Unidas: la mía es, por tanto, la primera generación graduada con el bachillerato en el nuevo edificio. Mi propia generación está a poco más de año y medio de celebrar nada menos que el sexagésimo aniversario de haber dejado esa querida institución. ¿Qué pueden decirnos los graduados de 1955, 1954, 1953, etc? ¡Todavía alentamos!

    Agradecería mucho si egresados y bachilleres anteriores a 1956, habiendo vivido todos esos años en el viejo edificio atrás de la Catedral josefina, quisieran avivar nuestra memoria con sus propios recuerdos de esa etapa juvenil, fogosa sin dudas, pero señera en marcar nuestro futuro de entonces. Saludo cordial,

    • jorgehjimenez dice:

      El sitio en total tiene más de 125000 vistas y 395 comentarios, lo cual es para mi todo un éxito. Sin embargo usted tiene razón si nos referimos al tema de “Colegio Seminario” propiamente, que debería ser uno de los más visitados y no lo es y por mucho. Tal vez la explicación sea la dificultad de encontrar la informnación a personas de la tercera edad que no manejan la internet con tanta esperticia como lo hacen los jóvenes. A estos poco les puede interesar nuestras experiencias y aventuras colegiales

  13. linda dice:

    Por favor alguien me puede hacer el favor de decir el origen del colegio seminario CR ,que no loo encuentro

    • jorgehjimenez dice:

      El Colegio Seminario nació dentro del Seminario, que estuvo en manos de los padres paulinos alemanes y entre los cuales se escogieron dos obispos de Costa Rica, don Bernardo Thiel y el padre Juan Storm.Cuando el Seminario se trasladó el edificio en el cual habitaba quedó para el Colegio Seminario. Dentro de las aulas del Seminario ya se aceptaban estudiantes de secundaria laicos.Para su mejor información le recomiendo leer a don Víctor Manuel Sanabria Martínez en su triología histórica: Llorente y Lafuente, primer obispo de Costa Rica,Bernardo Thiel,y la Primera Vacante, abarca un periodo muy importante de la historia de la Iglesia Católica de Costa Rica.

  14. Alejandro ruiz dice:

    Amigo saludos es un placer conocer alguien q recuerde tan bn la historia del colegio yo tengo una duda… me gustaria saber hace cuanto tiempo el colegio es de educación mixta

  15. Andres Mora dice:

    Es un gusto saludar a todos los miembros de este blog, pertenezco a la generación 2001, año en que se convirtió mixto.

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